Logo de la Iglesia

Primera Iglesia Bíblica Cristiana de Chile

Bautista Reformada

Capítulo 1: De las Santas Escrituras

1.1

La Santa Escritura es la única regla suficiente, segura e infalible1 de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores; aunque la luz de la naturaleza2 y las obras de la creación y de la providencia manifiestan la bondad, sabiduría y poder de Dios, de tal manera que dejan a los hombres sin excusa, aun así, no son suficientes para dar ese conocimiento de Dios y de Su voluntad que es necesario para la salvación.3 Por lo tanto, agradó al Señor, en muchas ocasiones y de muchas maneras, revelarse a Sí mismo y declarar Su voluntad a Su Iglesia; y después, para preservar y propagar mejor la verdad, y para el establecimiento y consuelo más seguros de la Iglesia contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo, le agradó poner por escrito esa revelación en su totalidad;4 lo cual hace que las Santas Escrituras sean sumamente necesarias, habiendo cesado ya aquellas maneras anteriores por las cuales Dios reveló Su voluntad a Su pueblo.

1 2 Tim. 3:15, 16, 17. Isa. 8:20. Luc. 16:29, 31. Efe. 2:20. | 2 Rom. 1:19, 20, 21, etc.; y 2:14, 15. Sal. 19:1, 2, 3. | 3 Heb. 1:1. | 4 Pro. 22:19, 20, 21. Rom. 15:4. 2 Ped. 1:19, 20.

1.2

Con el nombre de Santa Escritura o la Palabra de Dios escrita, ya se incluye todos los Libros del Antiguo y el Nuevo Testamento, que son los siguientes: Con el nombre de Santa Escritura o la Palabra de Dios escrita, ya se incluye todos los Libros del Antiguo y el Nuevo Testamento, que son los siguientes:

DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1 Samuel, 2 Samuel, 1 Reyes, 2 Reyes, 1 Crónicas, 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Ester, Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías, Malaquías.

DEL NUEVO TESTAMENTO

Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Hechos de los Apóstoles, La Epístola de Pablo a los Romanos, 1 Corintios, 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 Tesalonicenses, 2 Tesalonicenses, 1 Timoteo, 2 Timoteo, Tito, Filemón, la Epístola a los Hebreos, la Epístola de Santiago, La primera y segunda Epístola de Pedro, La primera, segunda y tercera Epístola de Juan, la Epístola de Judas, Apocalipsis. Todos estos fueron dados por inspiración de Dios,5 para que sean la regla de fe y vida.

5 2 Tim. 3:16.

1.3

Los libros comúnmente llamados apócrifos, como no son de inspiración divina,6 no forman parte del canon (o regla) de la Escritura y, por lo tanto, no tienen autoridad para la Iglesia de Dios, ni debe ninguno de estos ser aprobado o usado de una manera distinta a como se hace con otros escritos humanos.

6 Luc. 24:27, 44. Rom. 3:2.

1.4

La autoridad de la Santa Escritura, por la cual esta debe ser creída, no depende del testimonio de ningún hombre o iglesia, sino enteramente de Dios (quien es la verdad misma) el Autor de la Santa Escritura;7 por lo tanto, esta debe ser recibida porque es la Palabra de Dios.

7 2 Ped. 1:19, 20, 21. 2 Tim. 3:16. 2 Tes. 2:13. 1 Jua. 5:9.

1.5

El testimonio de la Iglesia de Dios puede movernos e inducirnos a tener una alta y reverente estima por las Santas Escrituras; y el carácter celestial de su contenido, la eficacia de su doctrina, la majestad de su estilo, la armonía de todas sus partes, el escopo de esta en su conjunto (que es dar toda la gloria a Dios), la plena revelación que hace del único camino de salvación para el hombre, y muchas otras excelencias incomparables y la totalidad de las perfecciones de la misma son argumentos por medio de los cuales da evidencia abundantemente de ser la Palabra de Dios; no obstante, nuestra persuasión y certeza plenas de su verdad infalible y autoridad divina provienen de la obra interna del Espíritu Santo, dando testimonio en nuestros corazones por medio de la Palabra y con la Palabra.8

8 Jua. 16:13, 14. 1 Cor. 2:10, 11, 12. 1 Jua. 2:20, 27.

1.6

Todo el consejo de Dios concerniente a todas las cosas que son necesarias para Su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y la vida está expresamente escrito o necesariamente contenido en la Santa Escritura, a la cual no debe añadirse nada en ningún momento, ni por nueva revelación del Espíritu ni por las tradiciones de los hombres.9 No obstante, reconocemos que la iluminación interna del Espíritu de Dios es necesaria para el entendimiento salvador de las cosas que están reveladas en la Palabra,10 y reconocemos que hay algunas circunstancias concernientes a la adoración a Dios y el gobierno de la Iglesia que son comunes a las acciones y sociedades humanas, las cuales deben ser ordenadas a la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana, conforme a las reglas generales de la Palabra, las cuales siempre deben ser obedecidas.11

9 2 Tim. 3:15, 16, 17. Gál. 1:8, 9. | 10 Jua. 6:45. 1 Cor. 2:9, 10, 11, 12. | 11 1 Cor. 11:13, 14; y 14:26 y el v. 40.

1.7

No todas las cosas en la Escritura son igualmente claras en sí mismas, ni son igualmente claras para todos;12 sin embargo, aquellas cosas que es necesario saber, creer y obedecer para salvación se proponen y exponen tan claramente en uno u otro lugar de la Escritura que no solo los eruditos, sino también los que no lo son, pueden adquirir un entendimiento suficiente de tales cosas mediante el debido uso de los medios ordinarios. 13

12 2 Ped. 3:16. | 13 Sal. 19:7; y 119:130.

1.8

El Antiguo Testamento en hebreo (que era el idioma nativo del pueblo de Dios en la antigüedad) y el Nuevo Testamento en griego (que, en el tiempo en que fue escrito, era por lo general el idioma más conocido entre las naciones),14 siendo inspirados inmediatamente por Dios y guardados puros en todas las edades por Su singular cuidado y providencia, son ¾por lo tanto¾ auténticos;15 así que, en todas las controversias religiosas, la Iglesia debe apelar a estos como autoridad final.16 Pero, debido a que estas lenguas originales no son conocidas por todo el pueblo de Dios, el cual tiene derecho a las Escrituras e interés en estas, y debido a que se le manda leerlas y escudriñarlas en el temor de Dios,17 por lo tanto, deben ser traducidas a la lengua común de toda nación a la que sean llevadas,18 para que, habitando en abundancia la Palabra de Dios en todos, puedan adorarle de manera aceptable, y para que, por medio de la paciencia y el consuelo de las Escrituras, tengan esperanza.19

14 Rom. 3:2. | 15 Isa. 8:20. | 16 Hch. 15:15. | 17 Jua. 5:39. | 18 1 Cor. 14:6, 9, 11, 12, 24, 28. | 19 Col. 3:16.

1.9

La regla infalible de interpretación de la Escritura es la propia Escritura;20 por lo tanto, cuando surge alguna duda acerca del verdadero y pleno significado de cualquier pasaje bíblico (significado que no es múltiple, sino uno solo), debe buscarse en otros pasajes que hablen más claramente.

20 2 Ped. 1:20, 21. Hch. 15:15, 16.

1.10

El juez supremo por el que deben decidirse todas las controversias religiosas, y por el que deben examinarse todos los decretos de concilios, las opiniones de escritores antiguos, las doctrinas de hombres y espíritus privados, y en cuya sentencia debemos descansar, no puede ser otro que la Santa Escritura entregada por el Espíritu; en dicha Escritura así entregada, nuestra fe se resuelve finalmente.21

21 Mat. 22:29, 31. Efe. 2:20. Hch. 28:23.



Capítulo 2: De Dios y de la Santa Trinidad

2.1

El Señor nuestro Dios es el único Dios vivo y verdadero;1 cuya subsistencia está en Él mismo y es de Él mismo,2 infinito en ser y perfección, cuya esencia no puede ser comprendida por nadie sino solo por Él mismo;3 es espíritu purísimo,4 invisible, sin cuerpo, partes ni pasiones, es el único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible,5 que es inmutable,6 inmenso,7 eterno,8 inescrutable, todopoderoso,9 infinito en todos los sentidos, santísimo,10 sapientísimo, libérrimo, absolutísimo, que obra todas las cosas conforme al consejo de Su inmutable y justísima voluntad,11 para Su propia gloria;12 es amantísimo, clementísimo, misericordiosísimo, longanísimo, abundantísimo en bondad y verdad, que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado, remunerador de los que le buscan con diligencia,13 pero también justísimo y terribilísimo en Sus juicios,14 que odia todo pecado,15 y que de ninguna manera dará por inocente al culpable.16

1 1 Cor. 8:4, 6. Deu. 6:4. | 2 Jer. 10:10. Isa. 48:12. | 3 Éxo. 3:14. | 4 Jua. 4:24. | 5 1 Tim. 1:17. Deu. 4:15, 16. | 6 Mal. 3:6. | 7 1 Rey. 8:27. Jer. 23:23. | 8 Sal. 90:2. | 9 Gén. 17:1. | 10 Isa. 6:3. | 11 Sal. 115:3. Isa. 46:10. | 12 Pro. 16:4. Rom. 11:36. | 13 Éxo. 34:6, 7. Heb. 11:6. | 14 Neh. 9:32, 33. | 15 Sal. 5:5, 6. | 16 Éxo. 34:7. Nahum 1:2, 3.

2.2

Dios, teniendo en Sí mismo y de Sí mismo toda vida,17 gloria,18 bondad y bienaventuranza,19 es el único todosuficiente, en Sí mismo y para Sí mismo, no teniendo necesidad de ninguna de las criaturas que ha hecho, ni derivando ninguna gloria de ellas,20 sino manifestando solamente Su propia gloria en ellas, por medio de ellas, hacia ellas y sobre ellas; Él es la única fuente de todo ser, de quien, por medio de quien y para quien son todas las cosas,21 teniendo sobre todas las criaturas el más soberano dominio para hacer, por medio de ellas, para ellas o sobre ellas todo lo que le agrade;22 todas las cosas están al descubierto y desnudas ante Sus ojos,23 Su conocimiento es infinito, infalible e independiente de la criatura, de modo que para Él no hay ninguna cosa contingente o incierta;24 es santísimo en todos Sus consejos, en todas Sus obras y en todos Sus mandatos;25 a Él se le debe, por parte de los ángeles y los hombres, toda adoración,26 todo servicio u obediencia que como criaturas deben al Creador, y cualquier cosa adicional que a Él le plazca demandar de ellos.

17 Jua. 5:26. | 18 Sal. 148:13. | 19 Sal. 119:68. | 20 Job 22:2, 3. | 21 Rom. 11:34, 35, 36. | 22 Dan. 4:25 y los vv. 34, 35. | 23 Heb. 4:13. | 24 Eze. 11:5. Hch. 15:18. | 25 Sal. 145:17. | 26 Apo. 5:12, 13, 14.

2.3

En este Ser divino e infinito hay tres subsistencias, el Padre, el Verbo o Hijo y el Espíritu Santo,27 de una misma sustancia, un mismo poder y una misma eternidad, teniendo cada uno toda la esencia divina, pero la esencia indivisa;28 el Padre no es de nadie ni es engendrado ni procede de nadie, el Hijo es eternamente engendrado del Padre,29 y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo,30 todos infinitos, sin principio, por lo tanto, son un solo Dios, que no ha de ser dividido en naturaleza y Ser, sino distinguido por varias propiedades relativas peculiares y relaciones personales; dicha doctrina de la Trinidad es el fundamento de toda nuestra comunión con Dios y nuestra consoladora dependencia de Él.

27 1 Jua. 5:7. Mat. 28:19. 2 Cor. 13:14. | 28 Éxo. 3:14. Jua. 14:11. 1 Cor. 8:6. | 29 Jua. 1:14, 18. | 30 Jua. 15:26. Gál. 4:6.

Capítulo 3: Del decreto de Dios

3.1

Dios, desde toda la eternidad, por el sapientísimo y santísimo consejo de Su voluntad, ha decretado en Sí mismo,1 libre e inalterablemente, todas las cosas, todo lo que llega a suceder; pero, de tal manera que por ello Dios ni es autor del pecado, ni tiene comunión con nadie en el mismo,2 ni se hace violencia a la voluntad de la criatura, ni se quita la libertad o contingencia de las causas secundarias, antes bien son establecidas,3 en lo cual se manifiesta Su sabiduría en disponer todas las cosas, y se manifiesta Su poder y fidelidad en el cumplimiento de Su decreto.4

1 Isa. 46:10. Efe. 1:11. Heb. 6:17. Rom. 9:15, 18. | 2 Stg. 1:15, 17. 1 Jua. 1:5. | 3 Hch 4:27, 28. Jua. 19:11. | 4 Núm. 23:19. Efe. 1:3-5.

3.2

Aunque Dios sabe todo lo que podría o puede llegar a suceder en todas las condiciones que se puedan suponer,5 aun así, nada ha decretado porque lo previera como futuro o como aquello que llegaría a suceder en tales condiciones.6

5 Hch. 15:18. | 6 Rom. 9:11, 13, 16, 18.

3.3

Por el decreto de Dios, para la manifestación de Su gloria, algunos hombres y ángeles son predestinados o preordinados para vida eterna, por medio de Jesucristo,7 para alabanza de la gloria de Su gracia;8 a otros se les deja actuar en su pecado para su justa condenación, para alabanza de la gloria de Su justicia.9

7 1 Tim. 5:21. Mat. 25:41. | 8 Efe. 1:5, 6. | 9 Rom. 9:22, 23. Jud. 4.

3.4

Estos ángeles y hombres así predestinados y preordinados están designados particular e inalterablemente, y su número es tan cierto y definido que no puede ser aumentado ni disminuido.10

10 2 Tim. 2:19. Jua. 13:18.

3.5

A aquellos de entre la humanidad que están predestinados para vida, Dios (antes de la fundación del mundo, conforme a Su propósito eterno e inmutable, y conforme al consejo secreto y beneplácito de Su voluntad) los ha escogido en Cristo para gloria eterna, solo por Su libre y gratuita gracia y amor,11 sin que ninguna otra cosa en la criatura, como condición o causa, lo moviera a ello.12

11 Efe. 1:4, 9, 11. Rom. 8:30. 2 Tim. 1:9. 1 Tes. 5:9. | 12 Rom. 9:13, 16. Efe. 1:6, 12.

3.6

Así como Dios ha designado a los elegidos para gloria, de la misma manera ha preordinado, por el propósito eterno y libérrimo de Su voluntad, todos los medios para ello;13 por lo tanto, los que son elegidos, habiendo caído en Adán, son redimidos por Cristo,14 son llamados eficazmente a la fe en Cristo por Su Espíritu obrando a su debido tiempo, son justificados, adoptados, santificados15 y guardados por Su poder, mediante la fe para salvación;16 nadie más es redimido por Cristo, ni llamado eficazmente, ni justificado, ni adoptado, ni santificado, ni salvado, sino solo los elegidos.17 13 1 Ped. 1:2. 2 Tes. 2:13. | 14 1 Tes. 5:9, 10. | 15 Rom. 8:30. 2 Tes. 2:13. | 16 1 Ped. 1:5. | 17 Jua. 10:26. Jua. 17:9. Jua. 6:64.

3.7

La doctrina de este profundo misterio de la predestinación debe ser tratada con especial prudencia y cuidado, para que los hombres que estén prestando atención a la voluntad de Dios revelada en Su Palabra y estén rindiendo obediencia a esta, puedan, por la certeza de su llamamiento eficaz, estar seguros de su elección eterna;18 así, esta doctrina proporcionará motivo de alabanza,19 reverencia y admiración a Dios, y de humildad,20 diligencia y abundante consuelo para todos los que sinceramente obedecen el evangelio.21

18 1 Tes. 1:4, 5. 2 Ped. 1:10. | 19 Efe. 1:6. Rom. 11:33. | 20 Rom. 11:5, 6. | 21 Luc. 10:20.



Capítulo 4: De la Creación

4.1

En el principio agradó a Dios el Padre, Hijo y Espíritu Santo,1 para la manifestación de la gloria de Su poder, sabiduría y bondad eternos,2 crear o hacer el mundo y todas las cosas que en él hay, ya sean visibles o invisibles, en el lapso de seis días, y todas buenas en gran manera.3

1 Jua. 1:2, 3. Heb. 1:2. Job 26:13. | 2 Rom. 1:20. | 3 Col. 1:16. Gén. 2:1, 2.

4.2

Después que Dios hizo todas las demás criaturas, creó al hombre, varón y hembra,4 con almas racionales e inmortales,5 haciéndolos aptos para esa vida para Dios, para la cual fueron creados; siendo hechos a imagen de Dios, en conocimiento, justicia y santidad de la verdad;6 teniendo la ley de Dios escrita en sus corazones,7 y teniendo el poder para cumplirla; sin embargo, con la posibilidad de transgredir, al haber sido dejados a la libertad de su propia voluntad, la cual estaba sujeta a cambio.8

4 Gén. 1:27. | 5 Gén. 2:7. | 6 Ecl. 7:29. Gén. 1:26. | 7 Rom. 2:14, 15. | 8 Gén. 3:6.

4.3

Además de la ley escrita en sus corazones, recibieron un mandato de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal;9 y, mientras lo guardaron, fueron felices en su comunión con Dios y tuvieron dominio sobre las criaturas.10

9 Gén. 2:17; y 3:8, 9, 10. | 10 Gén. 1:26, 28.



Capítulo 5: De la divina providencia

5.1

Dios, el buen Creador de todas las cosas, en Su poder y sabiduría infinitos, sostiene, dirige, dispone y gobierna todas las criaturas y cosas,1 desde la mayor hasta la menor,2 por Su sapientísima y santísima providencia, para el fin para el que fueron creadas, conforme a Su previo conocimiento infalible y el libre e inmutable consejo de Su voluntad, para alabanza de la gloria de Su sabiduría, poder, justicia, infinita bondad y misericordia.3

1 Heb. 1:3. Job 38:11. Isa. 46:10, 11. Sal. 135:6. | 2 Mat. 10:29-31. | 3 Efe. 1:11.

5.2

Aunque, en relación con el previo conocimiento y decreto de Dios, quien es la causa primera, todas las cosas llegan a suceder inmutable e infaliblemente,4 de modo que nada ocurre a nadie por azar o fuera de Su providencia,5 aun así, mediante la misma providencia, Él las ordena para que ocurran conforme a la naturaleza de las causas secundarias, ya sea necesariamente, libremente, o contingentemente.6

4 Hch. 2:23. | 5 Pro. 16:33. | 6 Gén. 8:22.

5.3

Dios, en Su providencia ordinaria, hace uso de medios;7 sin embargo, es libre para obrar sin estos,8 por encima de estos,9 y contra estos,10 según le plazca.

7 Hch. 27:31, 44. Isa. 55:10, 11. | 8 Ose. 1:7. | 9 Rom. 4:19, 20, 21. | 10 Dan. 3:27.

5.4

El poder omnipotente, la sabiduría inescrutable y la infinita bondad de Dios se manifiestan en Su providencia hasta tal punto que Su predeterminado consejo se extiende incluso hasta la primera Caída y a todas las demás acciones pecaminosas, tanto de los ángeles como de los hombres,11 (y eso no por un mero permiso), las cuales Él también sapientísima y poderosísimamente limita, 12 y --además-- ordena y gobierna en una multiforme dispensación para Sus santísimos fines;13 sin embargo, lo hace de tal modo que la pecaminosidad de las acciones de ellos procede solo de las criaturas, y no de Dios, quien siendo santísimo y justísimo no es, ni puede ser, autor ni aprobador del pecado.14

11 Rom. 11:32, 33, 34. 2 Sam. 24:1. 1 Cró. 21:1. | 12 2 Rey. 19:28. Sal. 76:10. | 13 Gén. 50:20. Isa. 10:6, 7, 12. | 14 Sal. 50:21. 1 Jua. 2:16.

5.5

El Dios sapientísimo, justísimo y clementísimo a menudo deja por un poco de tiempo a Sus propios hijos expuestos a muchas y diversas pruebas y a las corrupciones de sus propios corazones, para disciplinarlos por sus pecados anteriores, o para revelarles la fuerza oculta de la corrupción y el engaño de sus corazones, para que sean humillados; y para llevarlos a una dependencia más íntima y constante para que se apoyen en Él; y para hacerlos más vigilantes contra todas las futuras ocasiones de pecado, y para otros fines justos y santos.15 De modo que todo lo que ocurre a cualquiera de Sus elegidos es por Su designio, para Su gloria y para el bien de ellos.16

15 2 Cró. 32:25, 26, 31. 2 Sam. 24:1. 2 Cor. 12:7-9. | 16 Rom. 8:28.

5.6

En cuanto a aquellos hombres malvados e impíos a quienes Dios, como Juez justo, ciega y endurece por sus pecados anteriores,17 no solo les niega Su gracia, por la cual el entendimiento de ellos podría haber sido iluminado y se podría haber obrado en sus corazones,18 sino que a veces también les retira los dones que tenían,19 y los deja expuestos a aquellos objetos que sus corrupciones convierten en oportunidades para pecar;20 además, los entrega a sus propias concupiscencias, a las tentaciones del mundo y al poder de Satanás,21 por lo cual llega a suceder que ellos mismos se endurecen, incluso bajo aquellos mismos medios que Dios usa para ablandar a otros.22

17 Rom. 1:24, 26, 28; 11:7, 8. | 18 Deu. 29:4. | 19 Mat. 13:12. | 20 Deu. 2:30. 2 Rey. 8:12, 13. | 21 Sal. 81:11, 12. 2 Tes. 2:10, 11, 12. | 22 Éxo. 8:15, 32. Isa. 6:9, 10. 1 Ped. 2:7, 8.

5.7

De la misma manera que la providencia de Dios alcanza en general a todas las criaturas, también --pero de una manera especialísima-- cuida de Su Iglesia y dispone todas las cosas para el bien de esta.23

23 1 Tim. 4:10. Amós 9:8, 9. Isa. 43:3-5.



Capítulo 6: De la Caída del hombre, del pecado y su castigo

6.1

Aunque Dios creó al hombre recto y perfecto, y le dio una ley justa, la cual habría sido para vida si el hombre la hubiera guardado, y amenazó su transgresión con la muerte,1 aun así, el hombre no permaneció mucho tiempo en esta posición de honor, usando Satanás la sutileza de la serpiente para seducir a Eva, y luego por medio de ella seduciendo a Adán, quien sin ninguna compulsión, al comer del fruto prohibido, transgredió voluntariamente la ley de su creación y el mandato que les había sido dado;2 lo cual agradó a Dios permitir, conforme a Su sabio y santo consejo, habiéndose propuesto ordenarlo para Su propia gloria.

1 Gén. 2:16, 17. | 2 Gén. 3:12, 13. 2 Cor. 11:3.

6.2

Nuestros primeros padres, por este pecado, cayeron de su justicia original y de su comunión con Dios, y nosotros en ellos, por lo cual la muerte sobrevino a todos;3 viniendo a estar todos muertos en pecado4 y enteramente corrompidos en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo.5

3 Rom. 3:23. | 4 Rom 5:12, etc. | 5 Tit. 1:15. Gén. 6:5. Jer. 17:9. Rom. 3:10 19.

6.3

Siendo ellos la raíz de todo el género humano, y estando por designio de Dios en lugar y en representación de toda la humanidad, la culpa del pecado fue imputada y la naturaleza corrompida fue transmitida a toda su posteridad, que desciende de ellos por generación ordinaria,6 siendo ahora concebidos en pecado,7 y siendo por naturaleza hijos de ira,8 esclavos del pecado, estando sujetos a la muerte9 y a todas las demás miserias --espirituales, temporales y eternas--, a no ser que el Señor Jesús los libre.10

6.4

De esta corrupción original, por la cual estamos totalmente indispuestos, incapacitados y opuestos a todo bien, y enteramente inclinados a todo mal,11 proceden todas las transgresiones actuales.12

11 Rom. 8:7. Col. 1:21. | 12 Stg. 1:14, 15. Mat. 15:19.

6.5

Esta corrupción de la naturaleza permanece durante esta vida en los que son regenerados;13 y, aunque dicha corrupción sea perdonada y mortificada por medio de Cristo, aun así, tanto esta corrupción de la naturaleza como sus primeras pasiones son verdadera y propiamente pecado.14

13 Rom. 7:18, 23. Ecl. 7:20. 1 Jua. 1:8. | 14 Rom. 7:24, 25. Gál. 5:17.



Capítulo 7: Del pacto de Dios

7.1

La distancia entre Dios y la criatura es tan grande que, aunque las criaturas racionales le deben obediencia como su Creador, aun así, estas nunca habrían podido alcanzar la recompensa de la vida a no ser por alguna condescendencia voluntaria por parte de Dios, que a Él le ha agradado expresar en forma de pacto.1

1 Luc. 17:10. Job 35:7, 8.

7.2

Además, al haberse colocado el hombre bajo la maldición de la ley por su Caída, agradó al Señor hacer un Pacto de Gracia,2 en el cual libre y gratuitamente ofrece vida y salvación por medio de Jesucristo a los pecadores, demandándoles fe en Él para ser salvos,3 y prometiendo dar Su Espíritu Santo a todos aquellos que están ordenados a vida eterna, con el fin de darles la disposición y capacidad para creer.4

2 Gén. 2:17. Gál. 3:10. Rom. 3:20, 21. | 3 Rom. 8:3. Mar. 16:15, 16. Jua. 3:16. | 4 Eze. 36:26, 27. Jua. 6:44, 45. Sal. 110:3.

7.3

Este pacto es revelado en el evangelio; en primer lugar, a Adán en la promesa de salvación por medio de la simiente de la mujer,5 y después, mediante pasos adicionales hasta completarse su plena revelación en el Nuevo Testamento;6 y tiene su fundamento en aquella transacción del Pacto Eterno que hubo entre el Padre y el Hijo acerca de la redención de los elegidos;7 y solo por la gracia de este pacto es que todos los que en cualquier tiempo han sido salvos de entre la posteridad del Adán caído han obtenido vida y una bendita inmortalidad, siendo el hombre ahora totalmente incapaz de hacerse aceptable para Dios bajo aquellas condiciones en las que estuvo Adán en su estado de inocencia.8

5 Gén. 3:15. | 6 Heb. 1:1. | 7 2 Tim. 1:9. Tit. 1:2. | 8 Heb. 11:6, 13. Rom. 4:1, 2, etc. Hch. 4:12. Jua. 8:56.



Capítulo 8: De Cristo el Mediador

8.1

Agradó a Dios, en Su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesús, Su Hijo unigénito, conforme al pacto hecho entre ambos, para que fuera el Mediador entre Dios y el hombre;1 el Profeta,2 Sacerdote3 y Rey;4 la Cabeza y el Salvador de Su Iglesia, el Heredero de todas las cosas y Juez del mundo. A quien dio, desde toda la eternidad, un pueblo para que fuera Su simiente, y para que fuera redimido, llamado, justificado, santificado y glorificado por medio de Él en el tiempo.5

1 Isa. 42:1. 1 Ped. 1:19, 20. | 2 Hch. 3:22. | 3 Heb. 5:5, 6. | 4 Sal. 2:6; Luc. 1:33. Efe. 1:23. Heb. 1:2. Hch. 17:31. | 5 Isa. 53:10. Jua. 17:6. Rom. 8:30.

8.2

El Hijo de Dios, la segunda Persona en la Santa Trinidad, siendo Dios verdadero y eterno, el resplandor de la gloria del Padre, consustancial con Él e igual a Él, que hizo el mundo, y quien sostiene y gobierna todas las cosas que ha hecho, cuando vino la plenitud del tiempo, tomó la naturaleza del hombre, con todas sus propiedades esenciales y sus debilidades comunes a la misma,6 pero sin pecado;7 siendo concebido por el Espíritu Santo en el seno de la virgen María, al venir el Espíritu Santo sobre ella y cubrirla el poder del Altísimo con Su sombra, así nació de mujer, de la tribu de Judá, de la simiente de Abraham y de la de David, conforme a las Escrituras.8 De modo que dos naturalezas enteras, perfectas y distintas se unieron inseparablemente en una sola Persona, sin conversión, composición ni confusión: esta Persona es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre; pero es un solo Cristo, el único Mediador entre Dios y el hombre.9

6 Jua. 1:1, 14. Gál. 4:4. | 7 Rom. 8:3. Heb. 2:14, 16, 17; 4:15. | 8 Luc. 1:27, 31, 35. | 9 Rom. 9:5. 1 Tim. 2:5.

8.3

El Señor Jesús, en Su naturaleza humana así unida a la divina, en la Persona del Hijo, fue santificado y ungido con el Espíritu Santo sin medida;10 teniendo en Él todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento;11 en quien agradó al Padre que habitara toda la plenitud.12 A fin de que siendo santo, inocente, inmaculado13 y lleno de gracia y de verdad,14 estuviera enteramente equipado para ejercer el oficio de Mediador y Fiador;15 oficio que no tomó por Sí mismo, sino que fue llamado a este por Su Padre;16 quien también puso todo poder y juicio en Su mano, y le dio mandamiento para ejercerlo.17

10 Sal. 45:7. Hch. 10:38. Jua. 3:34. | 11 Col. 2:3. | 12 Col. 1:19. | 13 Heb. 7:26. | 14 Jua. 1:14. | 15 Heb. 7:22. | 16 Heb. 5:5. | 17 Jua. 5:22, 27. Mat. 28:18. Hch. 2:36.

8.4

Este oficio fue asumido por el Señor Jesús con la mayor disposición,18 y para poder desempeñarlo, nació bajo la ley y la cumplió perfectamente,19 y sufrió el castigo que correspondía a nosotros --el cual debíamos haber llevado y sufrido--20 siendo hecho pecado y maldición por nosotros,21 soportando gravísimas penas en Su alma y dolorosísimos sufrimientos en Su cuerpo;22 fue crucificado y murió, y permaneció en el estado de los muertos; pero no vio corrupción;23 al tercer día resucitó de entre los muertos24 con el mismo cuerpo en que sufrió;25 con el que también ascendió al Cielo;26 allí está sentado a la diestra de Su Padre, intercediendo;27 y regresará para juzgar a los hombres y a los ángeles en el fin del mundo.28

18 Sal. 40:7, 8. Heb. 10:5 11. Jua. 10:18. | 19 Gál. 4:4. Mat. 3:15. | 20 Gál. 3:13. Isa. 53:6. 1 Ped. 3:18. | 21 2 Cor. 5:21. | 22 Mat. 26:37, 38. Luc. 22:44. Mat. 27:46. | 23 Hch. 13:37. | 24 1 Cor. 15:3, 4. | 25 Jua. 20:25, 27. | 26 Mar 16:19. Hch. 1:9-11. | 27 Rom. 8:34. Heb. 9:24. | 28 Hch. 10:42. Rom. 14:9, 10. Hch. 1:10.

8.5

El Señor Jesús, por Su perfecta obediencia y el sacrificio de Sí mismo que ofreció a Dios una sola vez por medio del Espíritu eterno, ha satisfecho plenamente la justicia de Dios,29 ha logrado la reconciliación y ha adquirido una herencia eterna en el Reino de los Cielos para todos aquellos que el Padre le ha dado.30

29 Heb. 9:14; 10:14. Rom. 3:25, 26. | 30 Jua. 17:2. Heb. 9:15.

8.6

Aunque el precio de la redención no fue pagado por Cristo actualmente hasta después de Su encarnación, aun así, la virtud, la eficacia y el beneficio de esta fueron comunicados a los elegidos en todas las épocas sucesivamente, desde el principio del mundo, en y mediante aquellas promesas, tipos y sacrificios en los cuales Él fue revelado y señalado como la simiente de la mujer que heriría la cabeza de la serpiente,31 y como el Cordero inmolado desde la fundación del mundo;32 siendo el mismo ayer y hoy y por los siglos.33

31 1 Cor. 10:4. Heb. 4:2. 1 Ped. 1:10, 11. | 32 Apo. 13:8. | 33 Heb. 13:8.

8.7

Cristo, en la obra de mediación, actúa conforme a ambas naturalezas, haciendo por medio de cada naturaleza aquello que es propio de cada una de estas; sin embargo, por causa de la unidad de la Persona, a veces aquello que es propio de una naturaleza se atribuye en la Escritura a la Persona denominada por la otra naturaleza.34

34 Jua. 3:13. Hch. 20:28.

8.8

A todos aquellos para quienes Cristo ha obtenido redención eterna, Él cierta y eficazmente les aplica e imparte la misma, haciendo intercesión por ellos,35 uniéndolos a Sí mismo por Su Espíritu, revelándoles --en la Palabra y por medio de la Palabra-- el misterio de la salvación, persuadiéndolos a creer y obedecer,36 gobernando sus corazones por Su Palabra y Espíritu,37 y venciendo a todos sus enemigos por Su poder omnipotente y sabiduría;38 de la manera y en las formas que estén en la mayor consonancia con Su maravillosa e inescrutable dispensación; y todo esto por gracia libre, gratuita y absoluta, sin prever ninguna condición en ellos para procurarla.39

35 Jua. 6:37; 10:15, 16; y 17:9. Rom. 5:10. | 36 Jua. 17:6. Efe. 1:9. 1 Jua. 5:20. | 37 Rom. 8:9, 14. | 38 Sal. 110:1. 1 Cor. 15:25, 26. | 39 Jua. 3:8. Efe. 1:8.

8.9

Este oficio de mediador entre Dios y el hombre es propio únicamente de Cristo, quien es el Profeta, Sacerdote y Rey de la Iglesia de Dios; no puede ser transferido de Él a ningún otro, ni en su totalidad ni en parte alguna.40

40 1 Tim. 2:5.

8.10

Este número y orden de oficios son necesarios; pues, por nuestra ignorancia, tenemos necesidad de Su oficio profético;41 por nuestra separación de Dios y la imperfección del mejor de nuestros servicios, necesitamos Su oficio sacerdotal, para reconciliarnos con Dios y presentarnos aceptables a Él;42 y, por nuestra renuencia y total incapacidad para volvernos a Dios, y rescatarnos a nosotros mismos y protegernos de nuestros adversarios espirituales, necesitamos Su oficio regio, para convencernos, someternos, atraernos, subyugarnos, librarnos y preservarnos para Su Reino celestial.43

41 Jua. 1:18. | 42 Col. 1:21. Gál. 5:17. | 43 Jua. 16:8. Sal. 110:3. Luc. 1:74, 75.



Capítulo 9: Del libre albedrío

9.1

Dios ha investido la voluntad del hombre de esa libertad natural y poder para actuar por elección propia, que no es forzada ni está determinada a hacer el bien o el mal por ninguna necesidad de la naturaleza.1

1 Mat. 17:12. Stg. 1:14. Deu. 30:19.

9.2

El hombre, en su estado de inocencia, tenía libertad y poder para querer y hacer aquello que era bueno y agradable a Dios;2 pero, aun así, era mutable, por lo tanto, podía caer de dicho estado.3

2 Ecl. 7:29. | 3 Gén. 3:6.

9.3

El hombre, por su Caída en un estado de pecado, ha perdido enteramente toda capacidad de la voluntad para cualquier bien espiritual que acompañe la salvación;4 por tanto, como hombre natural que está completamente opuesto a ese bien y muerto en pecado,5 no puede por sus propias fuerzas convertirse a sí mismo, o prepararse para ello.6

4 Rom. 5:6; 8:7. | 5 Efe. 2:1, 5. | 6 Tit. 3:3, 4, 5. Jua. 6:44.

9.4

Cuando Dios convierte a un pecador y lo traslada al estado de gracia, lo libra de su esclavitud natural bajo el pecado,7 y --por Su sola gracia-- lo capacita para querer y hacer libremente lo que es espiritualmente bueno;8 sin embargo, por causa de sus corrupciones remanentes, no quiere ni perfecta ni únicamente lo que es bueno, sino también lo que es malo.9

7 Col. 1:13. Jua. 8:36. | 8 Fil. 2:13. | 9 Rom. 7:15, 18, 19, 21, 23.

9.5

La voluntad del hombre es hecha perfecta e inmutablemente libre, para el bien únicamente, solo en el estado de gloria.10

10 Efe. 4:13.



Capítulo 10: Del llamamiento eficaz

10.1

A quienes Dios ha predestinado para vida, le agrada llamar eficazmente en Su tiempo señalado y aceptable,1 por medio de Su Palabra y Su Espíritu, sacándolos de ese estado de pecado y muerte en que están por naturaleza a la gracia y la salvación por medio de Jesucristo;2 iluminando sus mentes, espiritual y salvíficamente, para que entiendan las cosas de Dios;3 quitándoles su corazón de piedra y dándoles un corazón de carne;4 renovando sus voluntades y, por Su poder omnipotente, determinándolos a lo que es bueno y atrayéndolos eficazmente a Jesucristo;5 pero, de tal modo que vienen libérrimamente, habiendo sido hechos dispuestos para ello por Su gracia.6

1 Rom. 8:30. Rom. 11:7. Efe. 1:10, 11. 2 Tes. 3:13, 14. | 2 Efe. 2:1-6. | 3 Hch. 26:18. Efe. 1:17, 18. | 4 Eze. 36:26. | 5 Deu. 30:6. Eze. 36:27. Efe. 1:19. | 6 Sal. 110:3. Cnt. 1:4.

10.2

Este llamamiento eficaz proviene solo de la gracia libre, gratuita y especial de Dios, no de ninguna cosa en absoluto que haya sido prevista en el hombre, ni proviene de ningún poder o agencia en la criatura que coopere con Su gracia especial,7 siendo la criatura enteramente pasiva en esto, estando el hombre muerto en delitos y pecados, hasta que --al ser vivificado y renovado por el Espíritu Santo--8 es capacitado por este medio para responder a este llamamiento, y para recibir la gracia ofrecida y transmitida en este; y esto por un poder no menor que el que resucitó a Cristo de entre los muertos.9

7 2 Tim. 1:9. Efe. 2:8. | 8 1 Cor. 2:14. Efe. 2:5. Jua. 5:25. | 9 Efe. 1:19, 20

10.3

Los infantes elegidos que mueren en la infancia son regenerados y salvados por Cristo por medio del Espíritu,10 quien obra cuando, donde y como le place;11 así también son regenerados y salvados todos los demás elegidos que no tienen la capacidad para ser llamados externamente por el ministerio de la Palabra.

10 Jua. 3:3, 5, 6. | 11 Jua. 3:8.

10.4

Otros, que no son elegidos, aunque sean llamados por el ministerio de la Palabra y tengan algunas operaciones comunes del Espíritu,12 aun así, al no ser atraídos eficazmente por el Padre,13 no quieren ni pueden venir a Cristo verdaderamente y, por lo tanto, tampoco pueden ser salvos; mucho menos pueden ser salvos los hombres que no reciben la Religión cristiana, por muy diligentes que sean para ajustar sus vidas conforme a la luz de la naturaleza y la ley de la religión que profesen.14

12 Mat. 22:14; 13:20, 21. Heb. 6:4, 5. | 13 Jua. 6:44, 45, 65. 1 Jua. 2:24, 25. | 14 Hch. 4:12. Jua. 4:22; 17:3.



Capítulo 11: De la justificación

11.1

A quienes Dios llama eficazmente, Él también los justifica libre y gratuitamente,1 no infundiéndoles justicia, sino perdonando sus pecados, y considerando y aceptando sus personas como justas;2 no por nada que haya sido hecho en ellos o por ellos,3 sino solo por causa de Cristo, no imputándoles la fe misma ni el acto de creer, ni ninguna otra obediencia evangélica como su justicia, sino imputándoles la obediencia activa de Cristo a toda la ley y la obediencia pasiva de Cristo en Su muerte como su entera y única justicia, recibiéndolo a Él y descansando en Él y en Su justicia mediante la fe,4 la cual no tienen de sí mismos, sino que es don de Dios.5

1 Rom. 3:24; 8:30. | 2 Rom. 4:5, 6, 7, 8. Efe. 1:7. | 3 1 Cor. 1:30, 31. Rom. 5:17-19. | 4 Fil. 3:8, 9. Efe. 2:8, 9, 10. | 5 Jua. 1:12. Rom. 5:17.

11.2

La fe que así recibe a Cristo y descansa en Él y en Su justicia es el único instrumento de justificación;6 sin embargo, no está sola en la persona justificada, sino que siempre va acompañada de todas las demás virtudes salvadoras, y no es una fe muerta, sino una fe que obra por el amor.7

6 Rom. 3:28. | 7 Gál. 5:6. Stg. 2:17, 22, 26.

11.3

Cristo, por Su obediencia y muerte, saldó plenamente la deuda de todos aquellos que son justificados; y por el sacrificio de Sí mismo, en la sangre de Su Cruz, sufriendo en lugar de ellos el castigo que les correspondía, satisfizo adecuada, real y plenamente la justicia de Dios en favor de ellos;8 sin embargo, por cuanto Él fue dado por el Padre para ellos, y Su obediencia y satisfacción fueron aceptadas en lugar de las de ellos ¾y ambas libre y gratuitamente, no por nada en ellos¾, 9 su justificación es solo por gracia libre y gratuita, para que tanto la justicia exacta como la rica gracia de Dios sean glorificadas en la justificación de pecadores.10

8 Heb. 10:14. 1 Ped. 1:18, 19. Isa. 53:5, 6. | 9 Rom. 8:32. 2 Cor. 5:21. | 10 Rom. 3:26. Efe. 1:6, 7; 2:7.

11.4

Dios, desde toda la eternidad, decretó justificar a todos los elegidos,11 y ¾en el cumplimiento del tiempo¾ Cristo murió por sus pecados y resucitó para su justificación;12 no obstante, los elegidos no son justificados personalmente hasta que el Espíritu Santo, a su debido tiempo, les aplica a Cristo actualmente.13

11 Gál. 3:8. 1 Ped. 1:2. 1 Tim. 2:6. | 12 Rom. 4:25. | 13 Col. 1:21, 22. Tit. 3:4-7.

11.5

Dios continúa perdonando los pecados de aquellos que son justificados,14 y aunque ellos nunca pueden caer del estado de justificación,15 aun así --por sus pecados-- pueden caer en el desagrado paternal de Dios;16 en esa condición, la luz de Su rostro no les es restaurada usualmente, hasta que se humillen, confiesen sus pecados, rueguen por perdón, y renueven su fe y arrepentimiento.17

14 Mat. 6:12. 1 Jua. 1:7, 9. | 15 Jua. 10:28. | 16 Sal. 89:31- 33. | 17 Sal. 32:5; y Sal. 51. Mat. 26:75.

11.6

La justificación de los creyentes bajo el Antiguo Testamento fue, en todos estos sentidos, exactamente la misma que la justificación de los creyentes bajo el Nuevo Testamento.18

18 Gál. 3:9. Rom. 4:22-24.



Capítulo 12: De la adopción

12.1

A todos aquellos que son justificados, Dios se dignó conceder de buena gana, en Su único Hijo Jesucristo y por causa de Él, el enorme privilegio de hacerlos partícipes de la gracia de la adopción,1 por la cual son incluidos en el número de los hijos de Dios, y gozan de sus libertades y privilegios,2 tienen Su nombre escrito sobre ellos,3 reciben el espíritu de adopción,4 tienen acceso al trono de la gracia con confianza, son capacitados para clamar: --¡Abba! ¡Padre!--, 5 son objetos de compasión,6 son protegidos,7 provistos,8 y disciplinados por Él como por un Padre,9 pero nunca son desechados,10 sino que son sellados para el día de la redención;11 y heredan las promesas como herederos de la salvación eterna.12

1 Efe. 1:5. Gál. 4:4, 5. | 2 Jua. 1:12. Rom. 8:17. | 3 2 Cor. 6:18. Apo. 3:12. | 4 Rom. 8:15. | 5 Gál. 4:6. Efe. 2:18. | 6 Sal. 103:13. | 7 Pro. 14:26. | 8 1 Ped. 5:7. | 9 Heb. 12:6. | 10 Isa. 54:8, 9. Lam. 3:31. | 11 Efe. 4:30. | 12 Heb. 1:14; 6:12.



Capítulo 13: De la santificación

13.1

Aquellos que son unidos a Cristo, que son llamados eficazmente y regenerados, teniendo un nuevo corazón y un nuevo espíritu, creado en ellos en virtud de la muerte y resurrección de Cristo, son también santificados aún más, real y personalmente,1 en virtud de esta muerte y resurrección, por medio de Su Palabra y Su Espíritu que habitan en ellos;2 el dominio de todo el cuerpo de pecado es destruido,3 y los diversos deseos del mismo son cada vez más debilitados y mortificados;4 y ellos son cada vez más vivificados y fortalecidos en todas las virtudes salvadoras,5 para la práctica de toda verdadera santidad, sin la cual nadie verá al Señor.6

1 Hch. 20:32. Rom. 6:5, 6. | 2 Jua. 17:17. Efe. 3:16-19. 1 Tes. 5:21-23. | 3 Rom. 6:14. | 4 Gál. 5:24. | 5 Col. 1:11. | 6 2 Cor. 7:1. Heb. 12:14.

13.2

Esta santificación es por completo, en el hombre en su totalidad,7 aunque imperfecta en esta vida; aún quedan algunos remanentes de corrupción en cada parte,8 de donde surge una guerra continua e irreconciliable; el deseo de la carne siendo contra el Espíritu, y el del Espíritu contra la carne.9

7 1 Tes. 5:23. | 8 Rom. 7:18, 23. | 9 Gál. 5:17. 1 Ped. 2:11.

13.3

En dicha guerra, aunque la corrupción remanente prevalezca mucho por un tiempo,10 aun así, la parte regenerada vence mediante la continua provisión de fuerzas por parte del Espíritu santificador de Cristo;11 así los santos crecen en la gracia, perfeccionando la santidad en el temor de Dios, esforzándose en pos de una vida celestial, en obediencia evangélica a todos los mandatos que Cristo, como Cabeza y Rey, les ha prescrito en Su Palabra.12

10 Rom. 7:23. | 11 Rom. 6:14. | 12 Efe. 4:15, 16. 2 Cor. 3:18; 7:1.



Capítulo 14: De la fe salvadora

14.1

La gracia de la fe, por medio de la cual los elegidos son capacitados para creer para la salvación de sus almas, es la obra del Espíritu de Cristo en sus corazones;1 es obrada ordinariamente a través del ministerio de la Palabra;2 por medio de la cual también --y por la administración del bautismo, y la Cena del Señor, la oración y otros medios establecidos por Dios-- es aumentada y fortalecida.3

1 2 Cor. 4:13. Efe. 2:8. | 2 Rom. 10:14, 17. | 3 Luc. 17:5. 1 Ped. 2:2. Hch. 20:32.

14.2

Por medio de esta fe, el cristiano cree que es verdad todo lo que es revelado en la Palabra, por la autoridad de Dios mismo;4 también percibe en ella una excelencia superior a todos los demás escritos y todas las cosas en el mundo,5 ya que esta muestra la gloria de Dios en Sus atributos, la excelencia de Cristo en Su naturaleza y oficios, y el poder y la plenitud del Espíritu Santo en sus obras y operaciones; de tal forma el cristiano es capacitado para confiar su alma a la verdad así creída;6 y también actúa de manera diferente, según sea el contenido de cada pasaje de la Palabra en particular; rindiendo obediencia a los mandatos,7 temblando ante las amenazas8 y abrazando las promesas de Dios para esta vida y para la venidera.9 Pero los actos principales de la fe salvadora están directamente relacionados con Cristo: aceptarlo, recibirlo y descansar solo en Él para la justificación, la santificación y la vida eterna, en virtud del Pacto de Gracia.10

4 Hch. 24:14. | 5 Sal. 19:7-10. Sal. 119:72. | 6 2 Tim. 1:12. | 7 Jua. 15:14. | 8 Isa. 66:2. | 9 Heb. 11:13. | 10 Jua. 1:12. Hch. 16:31. Gál. 2:20. Hch. 15:11.

14.3

Esta fe, aunque tenga diferentes grados y pueda ser débil o fuerte,11 aun así, es --incluso en su menor grado-- diferente en su clase o naturaleza (como lo es toda otra gracia salvadora) de la fe y la gracia común de aquellos que son creyentes solo por un tiempo;12 por lo tanto, aunque puede ser asaltada y debilitada muchas veces, aun así, obtiene la victoria,13 creciendo en muchos hasta alcanzar una plena seguridad por medio de Cristo,14 quien es tanto el autor como el consumador de nuestra fe.15

11 Heb. 5:13, 14. Mat. 6:30. Rom. 4:19, 20. | 12 2 Ped. 1:1. | 13 Efe. 6:16. 1 Jua. 5:4, 5. | 14 Heb. 6:11, 12. Col. 2:2. | 15 Heb. 12:2.



Capítulo 15: Del arrepentimiento para vida y salvación

15.1

A los elegidos que se convierten en edades más maduras, habiendo vivido en otro tiempo en el estado natural,1 y habiendo servido en este a deleites y placeres diversos, Dios ¾en Su llamamiento eficaz¾ les da arrepentimiento para vida.

1 Tit. 3:2-5.

15.2

Aunque no hay nadie que haga el bien y nunca peque,2 y aun los mejores hombres, mediante el poder y el engaño de la corrupción que habita en ellos, con la prevalencia de la tentación, pueden caer en grandes pecados y provocaciones, Dios, en el Pacto de Gracia, ha dispuesto misericordiosamente que los creyentes que pequen y caigan de esta manera sean renovados mediante el arrepentimiento para salvación.3

2 Ecl. 7:20. | 3 Luc. 22:31, 32.

15.3

Este arrepentimiento salvador es una gracia evangélica,4 por la cual una persona, al ser sensibilizada por el Espíritu Santo a las multiformes maldades de su pecado, se humilla por causa de este, por medio de la fe en Cristo, con tristeza piadosa, aversión de su pecado y aborrecimiento a sí mismo,5 orando por el perdón y las fuerzas que provienen de la gracia, con el propósito y empeño ¾mediante las provisiones del Espíritu¾ de andar delante de Dios para agradarle en todas las cosas.6

4 Zac. 12:10. Hch. 11:18. | 5 Eze. 36:31. 2 Cor. 7:11. | 6 Sal. 119:6, 128.

15.4

Puesto que el arrepentimiento debe continuar a lo largo de toda nuestra vida, a causa del cuerpo de muerte y sus pasiones, por tanto, es el deber de todo hombre arrepentirse individualmente de sus propios pecados que conozca.7

7 Luc. 19:8. 1 Tim. 1:13, 15.

15.5

Es tal la provisión que Dios ha hecho por medio de Cristo en el Pacto de Gracia para la preservación de los creyentes para salvación que, aunque no hay ningún pecado tan pequeño que no merezca la condenación,8 aun así, tampoco hay ningún pecado tan grande que traiga la condenación sobre los que se arrepienten;9 lo cual hace necesaria la constante predicación del arrepentimiento.

8 Rom. 6:23. | 9 Isa. 1:16, 18. Isa. 55:7.



Capítulo 16: De las buenas obras

16.1

Las buenas obras son solo aquellas que Dios ha ordenado en Su Santa Palabra1 y no las que, sin la justificación de esta, son inventadas por los hombres, por un fervor ciego, o con cualquier pretexto de buenas intenciones.2

1 Miq. 6:8. Heb. 13:21. | 2 Mat. 15:9. Isa. 29:13.

16.2

Estas buenas obras, hechas en obediencia a los mandamientos de Dios, son los frutos y evidencias de una fe verdadera y viva;3 y por estas los creyentes manifiestan su gratitud,4 fortalecen su seguridad,5 edifican a sus hermanos, adornan la profesión del evangelio,6 tapan la boca de los adversarios y glorifican a Dios,7 cuya hechura son, creados en Cristo Jesús para buenas obras,8 para que, teniendo por fruto la santificación, tengan como resultado la vida eterna.9

3 Stg. 2:18, 22. | 4 Sal. 116:12, 13. | 5 1 Jua. 2:3, 5. 2 Ped. 1:5-11. | 6 Mat. 5:16. | 7 1 Tim. 6:1. 1 Ped. 2:15. Fil. 1:11. | 8 Efe. 2:10. | 9 Rom. 6:22.

16.3

La capacidad que tienen los creyentes para hacer buenas obras no es de ellos mismos en absoluto, sino que procede completamente del Espíritu de Cristo;10 y a fin de que puedan tener la capacidad para hacerlas, además de las virtudes que ya han recibido, es necesaria una influencia actual del mismo Espíritu Santo para obrar en ellos tanto el querer como el hacer, de Su beneplácito;11 sin embargo, no deben volverse negligentes por ello, como si no estuvieran obligados a cumplir deber alguno a no ser por una moción especial del Espíritu, sino que deben ser diligentes en avivar la gracia de Dios que está en ellos.12

10 Jua. 15:4, 6. | 11 2 Cor. 3:5. Fil. 2:13. | 12 Fil. 2:12. Heb. 6:11, 12. Isa. 64:7.

16.4

Quienes alcancen la máxima obediencia posible en esta vida se quedan tan lejos de poder supererogar y hacer más de lo que Dios requiere, que no alcanzan mucho de lo que por deber están obligados a hacer.13

13 Job 9:2, 3. Gál. 5:17. Luc. 17:10.

16.5

No podemos merecer el perdón del pecado o la vida eterna de la mano de Dios ni siquiera por nuestras mejores obras, a causa de la gran desproporción que hay entre estas y la gloria venidera, y la distancia infinita que hay entre nosotros y Dios, a quien no podemos beneficiar con estas obras, ni satisfacer con estas la deuda de nuestros pecados anteriores,14 sino que cuando hemos hecho todo lo que podemos, solo hemos hecho lo que debíamos haber hecho y somos siervos inútiles; y tampoco podemos merecer el perdón del pecado o la vida eterna por nuestras mejores obras porque las buenas obras son buenas en la medida en que proceden de Su Espíritu,15 y en la medida en que son hechas por nosotros, son impuras y están mezcladas con tanta debilidad e imperfección que no pueden soportar la severidad del juicio de Dios.16

14 Rom. 3:20. Efe. 2:8, 9. Rom. 4:6. | 15 Gál. 5:22, 23. | 16 Isa. 64:6. Sal. 143:2.

16.6

No obstante, al ser aceptados los creyentes por medio de Cristo, sus buenas obras también son aceptadas en Él; 17 no como si sus buenas obras en esta vida fueran enteramente irreprensibles e irreprochables ante los ojos de Dios, sino que Él, mirándolas en Su Hijo, se complace en aceptar y recompensar aquello que es sincero, aunque esté acompañado de muchas debilidades e imperfecciones.18

17 Efe. 1:6. 1 Ped. 2:5. | 18 Mat. 25:21, 23. Heb. 6:10.

16.7

Las obras hechas por hombres no regenerados, aunque en sí mismas sean cosas que Dios ordena, y de utilidad tanto para ellos mismos como para otros,19 aun así, puesto que no proceden de un corazón purificado por la fe,20 ni son hechas de una manera correcta --conforme a la Palabra--, 21 ni para un fin correcto --la gloria de Dios--, 22 son, por lo tanto, pecaminosas y no pueden agradar a Dios ni pueden hacer que un hombre sea apto para recibir la gracia por parte de Dios;23 y a pesar de esto, su descuido de estas obras es aún más pecaminoso y desagradable para Dios.24

19 2 Rey. 10:30. 1 Rey. 21:27, 29. | 20 Gén. 4:5. Heb. 11:4, 6. | 21 1 Cor. 13:1. | 22 Mat. 6:2, 5. | 23 Amós 5:21, 22. Rom. 9:16. Tit. 3:5. | 24 Job 21:14, 15. Mat. 25:41- 43.



Capítulo 17: De la perseverancia de los santos

17.1

Aquellos a quienes Dios ha aceptado en el Amado, ha llamado eficazmente y ha santificado por Su Espíritu, y ha dado la preciosa fe de Sus elegidos, no pueden caer total ni definitivamente del estado de gracia, sino que ciertamente perseverarán en este estado hasta el fin y serán salvos eternamente, en vista de que los dones y llamamientos de Dios son irrevocables (de ahí que Él todavía engendra y alimenta en ellos la fe, el arrepentimiento, el amor, el gozo, la esperanza y todas las virtudes del Espíritu para inmortalidad);1 aunque muchas tormentas e inundaciones se levanten contra ellos y los azoten, aun así, nunca podrán arrancarlos de ese fundamento y roca sobre el cual están sujetados firmemente por la fe, a pesar de que, por medio de la incredulidad y las tentaciones de Satanás, la visión perceptible de la luz y el amor de Dios puede que les sea nublada y oscurecida por un tiempo,2 aun así, Él sigue siendo el mismo y ellos estarán seguros de que serán guardados por el poder de Dios para salvación, donde gozarán de su posesión adquirida, al estar ellos grabados en la palma de Sus manos, y sus nombres haber sido escritos en el libro de la vida desde toda la eternidad.3

1 Jua. 10:28, 29. Fil. 1:6. 2 Tim. 2:19. 1 Jua. 2:19. | 2 Sal. 89:31, 32. 1 Cor. 11:32. | 3 Mal. 3:6.

17.2

Esta perseverancia de los santos no depende de su propio libre albedrío, sino de la inmutabilidad del decreto de elección4 que fluye del amor libre e inmutable de Dios el Padre, sobre la base de la eficacia de los méritos y la intercesión de Jesucristo y la unión con Él,5 del juramento de Dios,6 de la morada de Su Espíritu y la simiente de Dios dentro de ellos,7 y de la naturaleza del Pacto de Gracia,8 de todo lo cual surgen también la certeza e infalibilidad de esta perseverancia.

4 Rom. 8:30; 9:11, 16. | 5 Rom. 5:9, 10. Jua. 14:19. | 6 Heb. 6:17, 18. | 7 1 Jua. 3:9. | 8 Jer. 32:40.

17.3

Y aunque los santos --por medio de la tentación de Satanás y del mundo, la prevalencia de la corrupción que queda en ellos y el descuido de los medios para su preservación--9 caigan en pecados graves y por un tiempo permanezcan en estos --por lo cual incurren en el desagrado de Dios y contristan a Su Espíritu,10 llegan a tener sus virtudes y consuelos dañados,11 su corazón endurecido y su conciencia herida,12 lastiman y escandalizan a otros, y traen juicios temporales sobre sí mismos--, 13 aun así, renovarán su arrepentimiento y serán preservados por medio de la fe en Cristo Jesús hasta el fin.14

9 Mat. 26:70, 72, 74. | 10 Isa. 64:5, 9. Efe. 4:30. | 11 Sal. 51:10, 12. | 12 Sal. 32:3, 4. | 13 2 Sam. 12:14. | 14 Luc. 22:32 y los vv. 61, 62.



Capítulo 18: De la seguridad de la gracia y la salvación

18.1

Aunque los que son creyentes solo por un tiempo y otros hombres no regenerados se engañen vanamente con falsas esperanzas y presunciones carnales de estar en el favor de Dios y en el estado de salvación, esperanza de ellos que perecerá,1 los que creen verdaderamente en el Señor Jesús y lo aman con sinceridad, esforzándose por andar con toda buena conciencia delante de Él, pueden estar absolutamente seguros en esta vida de que están en el estado de gracia,2 y pueden regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios, esperanza que nunca los avergonzará.3

1 Job 8:13, 14. Mat. 7:22, 23. | 2 1 Jua. 2:3; 3:14, 18, 19, 21, 24; 5:13. | 3 Rom. 5:2, 5.

18.2

Esta certeza de la gracia y la salvación no es un mero convencimiento conjetural y probable basado en una esperanza falible, sino una seguridad infalible de fe4 basada en la sangre y la justicia de Cristo reveladas en el evangelio;5 basada también en la evidencia interna de aquellas virtudes del Espíritu a las que se hacen promesas,6 y en el testimonio del Espíritu de adopción que testifica a nuestro espíritu que somos hijos de Dios;7 y, como fruto de ello, mantiene el corazón humilde y también santo.8

4 Heb. 6:11, 19. | 5 Heb. 6:17, 18. | 6 2 Ped. 1:4, 5, 10, 11. | 7 Rom. 8:15, 16. | 8 1 Jua. 3:1-3.

18.3

Esta seguridad infalible de la gracia y la salvación no pertenece tanto a la esencia de la fe, sino que un verdadero creyente puede tener que esperar mucho tiempo y entrar en conflicto con muchas dificultades antes de ser partícipe de tal seguridad;9 sin embargo, al ser capacitado por el Espíritu para conocer las cosas que le son dadas libre y gratuitamente por Dios, puede alcanzarla sin una revelación extraordinaria, con el uso correcto de los medios;10 por lo cual, es deber de cada uno ser tanto más diligente para hacer firme su llamado y elección, para que ¾por este medio¾ su corazón se ensanche en paz y gozo en el Espíritu Santo, en amor y gratitud a Dios, y en fortaleza y alegría en los deberes de la obediencia, que son los frutos propios de esta seguridad;11 así de lejos está esta seguridad de inclinar a los hombres al libertinaje.12

9 Isa. 50:10. Sal. 88; y Sal. 77:1 12. | 10 1 Jua. 4:13. Heb. 6:11, 12. | 11 Rom. 5:1, 2, 5; 14:17. Sal. 119:32. | 12 Rom. 6:1, 2. Tit. 2:11, 12, 14.

18.4

La seguridad de la salvación de los verdaderos creyentes puede ser zarandeada, disminuida o interrumpida de diversas maneras: por negligencia en conservarla,13 por caer en algún pecado específico --lo cual hiere la conciencia y contrista al Espíritu--, 14 por alguna tentación repentina o vehemente,15 por retirarles Dios la luz de Su rostro y permitir, incluso a los que lo temen, andar en tinieblas y no tener luz;16 sin embargo, los verdaderos creyentes nunca son privados de la simiente de Dios17 y de la vida de la fe,18 de ese amor de Cristo y de los hermanos, de esa sinceridad de corazón y conciencia del deber, por los cuales, esta seguridad puede ser avivada a su debido tiempo por la operación del Espíritu;19 y, por medio de los cuales, mientras tanto, los verdaderos creyentes son preservados de caer en total desesperación.20

13 Cnt. 5:2, 3, 6. | 14 Sal. 51:8, 12, 14. | 15 Sal. 116:11. Sal. 77:7, 8. Sal. 31:22. | 16 Sal. 30:7. | 17 1 Jua. 3:9. | 18 Luc. 22:32. | 19 Sal. 42:5, 11. | 20 Lam. 3:26, 27-31.



Capítulo 19: De la ley de Dios

19.1

Dios dio a Adán una ley de obediencia universal, escrita en su corazón, y un precepto en particular de no comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal;1 por medio de los cuales obligó a Adán y a toda su posteridad a una obediencia personal, completa, exacta y perpetua;2 prometió la vida por su cumplimiento y amenazó su transgresión con la muerte; y lo dotó de poder y capacidad para guardarlos.3

1 Gén. 1:27. Ecl. 7:29. | 2 Rom. 10:5. | 3 Gál. 3:10, 12.

19.2

La misma ley que fue escrita primero en el corazón del hombre continuó siendo una regla perfecta de justicia después de la Caída;4 y fue dada por Dios en el monte Sinaí, en Diez Mandamientos5, y escrita en dos tablas de piedra; los cuatro primeros mandamientos que contienen nuestro deber para con Dios, y los otros seis que contienen nuestro deber hacia el hombre.

4 Rom. 2:14, 15. | 5 Deu. 10:4.

19.3

Además de esta ley, comúnmente llamada ley moral, agradó a Dios dar al pueblo de Israel leyes ceremoniales que contenían varias ordenanzas típicas; en parte, de adoración, prefigurando a Cristo,6 Sus virtudes, acciones, sufrimientos y beneficios; y, en parte, dando diversas instrucciones sobre deberes morales;7 leyes ceremoniales todas estas que, al haber sido establecidas solo hasta el tiempo de reformar las cosas, han sido abrogadas y quitadas por Jesucristo, el verdadero Mesías y único Dador de la ley, quien fue investido con poder del Padre para ese fin.8

6 Heb. 10:1. Col. 2:17. | 7 1 Cor. 5:7. | 8 Col. 2:14, 16, 17. Efe. 2:14, 16.

19.4

Dios también dio a los israelitas varias leyes judiciales, las cuales caducaron junto con el estado de aquel pueblo, no siendo ahora obligatorias para nadie en virtud de aquella institución; siendo solo sus principios generales de equidad de utilidad moral.9

9 1 Cor. 9:8-10.

19.5

La ley moral obliga para siempre a todos, tanto a los justificados como a los demás, a que se la obedezca,10 y no solo en lo referente a la materia contenida en esta, sino también en lo que se refiere a la autoridad de Dios el Creador, quien la dio.11 Tampoco Cristo, en el evangelio, cancela de ninguna manera esta obligación, sino que la refuerza mucho.12

10 Rom. 13:8-10. Stg. 2:8, 10-12. | 11 Stg. 2:10, 11. | 12 Mat. 5:17-19. Rom. 3:31.

19.6

Aunque los verdaderos creyentes no estén bajo la ley como un pacto de obras para ser justificados o condenados por esta,13 aun así, la ley es de gran utilidad tanto para ellos como para otros, en el sentido de que, como una regla de vida que les informa acerca de la voluntad de Dios y su deber, los dirige y los obliga a andar en conformidad con esta; revelándoles también las contaminaciones pecaminosas de sus naturalezas, corazones y vidas; para que, al examinarse a sí mismos a la luz de esta, puedan llegar a una mayor convicción de pecado, humillación por el pecado y odio contra el pecado;14 junto con una visión más clara de la necesidad que tienen de Cristo y de la perfección de Su obediencia. La ley también es útil para los regenerados, para restringir sus corrupciones, en el sentido de que prohíbe el pecado; y sus amenazas sirven para mostrar lo que sus pecados todavía merecen y qué aflicciones pueden esperar por estos en esta vida, aunque estén libres de la maldición y del rigor implacable de la ley. Las promesas de la ley también muestran a los regenerados que Dios aprueba la obediencia, y qué bendiciones pueden esperar por el cumplimiento de la ley, aunque no como si se les debiera por la ley como un pacto de obras; de manera que hacer lo bueno y abstenerse de lo malo porque la ley anima a hacer lo uno y disuade de lo otro no es evidencia de que un hombre esté bajo la ley y no bajo la gracia.15

13 Rom. 6:14. Gál. 2:16. Rom. 8:1; 10:4. | 14 Rom. 3:20; 7:7, etc. | 15 Rom. 6:12, 13, 14. 1 Ped. 3:8 13.

19.7

Tampoco los usos de la ley mencionados anteriormente son contrarios a la gracia del evangelio, sino que obedecen a esta dulcemente;16 el Espíritu de Cristo subyugando y capacitando la voluntad del hombre para que haga libre y alegremente lo que la voluntad de Dios revelada en la ley requiere que se haga.17

16 Gál. 3:21. | 17 Eze. 36:27.



Capítulo 20: Del evangelio y del alcance de su gracia

20.1

Habiendo sido quebrantado el Pacto de Obras, por el pecado, y habiéndose vuelto inútil para dar vida, agradó a Dios dar la promesa de Cristo, la Simiente de la mujer, como el medio para el llamamiento de los elegidos, y el engendramiento de la fe y el arrepentimiento en ellos;1 en esta promesa, el evangelio fue revelado en su sustancia y, por lo tanto, fue hecho eficaz para la conversión y la salvación de pecadores.2

1 Gén. 3:15. | 2 Apo. 13:8.

20.2

Esta promesa de Cristo, y la salvación que es por medio de Él, es revelada solo por la Palabra de Dios;3 ni las obras de la creación ni de la providencia, con la luz de la naturaleza, revelan a Cristo o la gracia que es por medio de Él, ni siquiera de una manera general u obscura;4 mucho menos hacen que los hombres que están privados de la revelación de Él que es por medio de la promesa, o evangelio, sean capacitados de este modo para alcanzar la fe salvadora o el arrepentimiento.5

3 Rom. 1:17. | 4 Rom. 10:14, 15, 17. | 5 Pro. 29:18. Isa. 25:7 con 60:2, 3.

20.3

La revelación del evangelio a los pecadores, hecha en muchas ocasiones y en muchos lugares, con la adición de promesas y preceptos para la obediencia que esta requiere de las naciones y personas a los cuales es concedida, proviene solo de la voluntad soberana y el beneplácito de Dios;6 no obteniéndose en virtud de promesa alguna hecha a aquellos hombres que usen debidamente sus habilidades naturales en virtud de la luz común recibida aparte de esta revelación, lo cual nadie nunca hizo ni puede hacer.7 Por lo tanto, en todas las edades, la predicación del evangelio ha sido concedida a personas y naciones, con gran variedad en cuanto al alcance o limitación de esta, conforme al consejo de la voluntad de Dios.

6 Sal. 147:20. Hch. 16:7. | 7 Rom. 1:18, etc.

20.4

Aunque el evangelio es el único medio externo para la revelación de Cristo y la gracia salvadora, y como tal es abundantemente suficiente para ello, aun así, para que los hombres que están muertos en sus delitos puedan nacer de nuevo, ser vivificados o regenerados, se necesita además una obra eficaz e insuperable del Espíritu Santo sobre toda el alma para que se produzca en ellos una nueva vida espiritual,8 sin la cual ningún otro medio efectuará su conversión a Dios.9

8 Sal. 110:3. 1 Cor. 2:14. Efe. 1:19, 20. | 9 Jua. 6:44. 2 Cor. 4:4, 6.



Capítulo 21: De la libertad cristiana y la libertad de conciencia

21.1

La libertad que Cristo ha comprado para los creyentes bajo el evangelio consiste en su liberación de la culpa del pecado, de la ira condenatoria de Dios, del rigor y de la maldición de la ley;1 y en ser librados de este presente siglo malo,2 de la esclavitud a Satanás3 y del dominio del pecado;4 del mal de las aflicciones; del temor a la muerte y del aguijón de la muerte,5 de la victoria del sepulcro6 y de la condenación eterna;7 también consiste en su libre acceso a Dios, y en rendir su obediencia a Él, no por un temor servil,8 sino por un amor filial y una mente dispuesta.9 Todo lo cual era, en su substancia, común también a los creyentes bajo la ley;10 pero bajo el Nuevo Testamento, la libertad de los cristianos se ensancha aún más en su liberación del yugo de la ley ceremonial, a la cual la iglesia judía estaba sujeta; y en mayor confianza para acceder al trono de gracia, y en comunicaciones más plenas del libre Espíritu de Dios que aquellas de las que participaban ordinariamente los creyentes bajo la ley.11

1 Gál. 3:13. | 2 Gál. 1:4. | 3 Hch. 26:18. | 4 Rom. 8:3. | 5 Rom. 8:28. | 6 1 Cor. 15:54-57. | 7 2 Tes. 1:10. | 8 Rom. 8:15. | 9 Luc. 1:74, 75. 1 Jua. 4:18. | 10 Gál. 3:9, 14. | 11 Jua. 7:38, 39. Heb. 10:19, 20, 21.

21.2

Solo Dios es el Señor de la conciencia,12 y la ha dejado libre de las doctrinas y mandamientos de los hombres que sean en cualquier cosa contrarios a Su Palabra o que no estén contenidos en esta.13 Así que creer tales doctrinas u obedecer tales mandamientos por conciencia es traicionar la verdadera libertad de conciencia;14 y exigir una fe implícita y una obediencia absoluta y ciega es destruir la libertad de conciencia y también la razón.15

12 Stg. 4:12, Rom. 14:4. | 13 Hch. 4:19 y 5:29. 1 Cor. 7:23. Mat. 15:9. | 14 Col. 2:20, 22, 23. | 15 1 Cor. 3:5. 2 Cor. 1:24.

21.3

Los que bajo el pretexto de la libertad cristiana practican cualquier pecado o abrigan cualquier deseo pecaminoso, como pervierten por ello el propósito principal de la gracia del evangelio, para su propia destrucción,16 por tanto, destruyen completamente el propósito de la libertad cristiana, que es, que siendo librados de las manos de todos nuestros enemigos, sirvamos al Señor sin temor, en santidad y justicia delante de Él, todos nuestros días.17

16 Rom. 6:1, 2. | 17 Gál. 5:13. 2 Ped. 2:18-21.



Capítulo 22: De la adoración religiosa y del día de reposo

22.1

La luz de la naturaleza demuestra que hay un Dios que tiene señorío y soberanía sobre todo; que es justo, bueno y hace el bien a todos; y, por lo tanto, debe ser temido, amado, alabado, invocado, se debe confiar en Él y debe ser servido con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.1 Pero la manera aceptable de adorar al Dios verdadero está instituida por Él mismo,2 y está tan delimitada por Su propia voluntad revelada, que no puede ser adorado conforme a las imaginaciones e invenciones de los hombres ni las sugerencias de Satanás, ni por medio de ninguna representación visible, ni de ninguna otra manera no prescrita en las Santas Escrituras.3

1 Jer. 10:7. Mar. 12:33. | 2 Deu. 12:32. | 3 Éxo 20:4-6.

22.2

La adoración religiosa debe ser tributada a Dios el Padre, Hijo y Espíritu Santo, y solo a Él4 --no a ángeles, ni a santos, ni a ninguna otra criatura--; 5 y desde la Caída, no debe ser tributada sin un Mediador,6 ni por la mediación de ningún otro, sino solo por medio de Cristo.7

4 Mat. 4:9, 10. Jua. 6:23. Mat. 28:19. | 5 Rom. 1:25. Col. 2:18. Apo. 19:10. | 6 Jua. 14:6. | 7 1 Tim. 2:5.

22.3

La oración con acción de gracias, al ser una parte especial de la adoración natural, Dios la demanda de todos los hombres.8 Pero, para que sea aceptada, debe ser hecha en el nombre del Hijo,9 por la ayuda del Espíritu,10 conforme a Su voluntad;11 con entendimiento, reverencia, humildad, fervor, fe, amor y perseverancia; y cuando se ora con otros, debe hacerse en una lengua conocida.12

8 Sal. 95:1 7. Sal. 65:2. | 9 Jua. 14:13, 14. | 10 Rom. 8:26. | 11 1 Jua. 5:14. | 12 1 Cor. 14:16, 17.

22.4

La oración debe hacerse por cosas lícitas, y por toda clase de hombres que viven o vivirán más adelante;13 pero no debe hacerse por los muertos,14 ni por aquellos de quienes se puede saber que han cometido el pecado que lleva a la muerte.15

13 1 Tim. 2:1, 2. 2 Sam. 7:29. | 14 2 Sam. 12:21-23. | 15 1 Jua. 5:16.

22.5

La lectura de las Escrituras,16 la predicación y oír la Palabra de Dios,17 la enseñanza y amonestación de unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantar con acción de gracias en nuestro corazón al Señor,18 así como la administración del bautismo19 y la Cena del Señor20 son todos partes de la adoración religiosa a Dios que deben realizarse en obediencia a Él, con entendimiento, fe, reverencia y temor piadoso; además, la humillación solemne con ayunos,21 y acciones de gracias en ocasiones especiales, deben usarse de una manera santa y religiosa.22

16 1 Tim. 4:13. | 17 2 Tim. 4:2. Luc. 8:18. | 18 Col. 3:16. Efe. 5:19. | 19 Mat. 28:19, 20. | 20 1 Cor. 11:26. | 21 Est. 4:16; Joe. 2:12. | 22 Éxo. 15:1, etc. Sal. 107.

22.6

Ni la oración ni ninguna otra parte de la adoración religiosa está atada a, o se hace más aceptable por, ningún lugar en que se realice o hacia el que esté dirigida ahora bajo el evangelio, sino que Dios debe ser adorado en todas partes en espíritu y en verdad;23 tanto en cada familia en particular24 diariamente,25 como cada uno en secreto por sí solo,26 así como de una manera más solemne en las asambleas públicas, las cuales no deben descuidarse o abandonarse ni por negligencia ni deliberadamente cuando Dios por Su Palabra o Su providencia llama a ello. 27

23 Jua. 4:21. Mal. 1:11. 1 Tim 2:8. | 24 Hch. 10:2. | 25 Mat. 6:11. Sal. 55:17. | 26 Mat. 6:6. | 27 Heb. 10:25. Hch. 2:42.

22.7

Así como la ley de la naturaleza es que, en general, una proporción de tiempo sea apartada por designio de Dios para la adoración a Dios, también por Su Palabra, con un mandamiento positivo, moral y perpetuo que obliga a todos los hombres en todas las edades, Dios ha señalado particularmente un día de cada siete como día de reposo, para que sea guardado santo para Él;28 el cual, desde el principio del mundo hasta la resurrección de Cristo, fue el último día de la semana, y desde la resurrección de Cristo fue cambiado al primer día de la semana, que es llamado «el día del Señor»;29 y debe continuar siendo guardado hasta el fin del mundo como el día de reposo cristiano, habiéndose abolido la observancia del último día de la semana.

28 Éxo. 20:8. | 29 1 Cor. 16:1, 2. Hch. 20:7. Apo. 1:10.

22.8

Entonces, el día de reposo es guardado santo para el Señor cuando los hombres, después de una debida preparación de su corazón y haber ordenado de antemano debidamente sus asuntos cotidianos, no solo observan un santo reposo, durante todo el día, de sus propias labores, palabras y pensamientos acerca de sus ocupaciones y recreaciones en este mundo,30 sino que también se dedican todo el tiempo a los ejercicios públicos y privados de la adoración a Dios, y a los deberes que son por necesidad y por misericordia.31

30 Isa. 58:13. Neh. 13:15-23. | 31 Mat. 12:1-13.



Capítulo 23: De los juramentos y votos lícitos

23.1

Un juramento lícito es una parte de la adoración religiosa, en el cual la persona que jura en verdad, en juicio y en justicia invoca a Dios solemnemente para que sea testigo de aquello por lo que jura,1 y para que lo juzgue conforme a la verdad o la falsedad del juramento.2

1 Éxo. 20:7. Deu. 10:20. Jer. 4:2. | 2 2 Cró. 6:22, 23.

23.2

Solo por el nombre de Dios es que los hombres deben jurar; este nombre debe usarse en ello con todo santo temor y reverencia, por lo tanto, jurar vana o precipitadamente por ese nombre glorioso y temible, o si quiera jurar por cualquier otra cosa, es pecaminoso y debe ser aborrecido;3 sin embargo, en asuntos de peso e importancia para la confirmación de la verdad y para poner fin a toda discusión, un juramento está justificado por la Palabra de Dios;4 así que debe prestarse un juramento lícito cuando la autoridad legítima lo exija en tales asuntos.5

3 Mat. 5:34, 37. Stg. 5:12. | 4 Heb. 6:16. 2 Cor. 1:23. | 5 Neh. 13:25

23.3

Todo aquel que preste un juramento justificado por la Palabra de Dios debe considerar debidamente el peso de un acto tan solemne, y no debe afirmar en ello nada más que lo que sabe es la verdad; pues por juramentos precipitados, falsos y vanos se provoca al Señor, y a causa de estos se ha enlutado la tierra.6

6 Lev. 19:12. Jer. 23:10.

23.4

Un juramento debe prestarse usando el significado claro y común de las palabras; sin equívocos ni reservas mentales.7

7 Sal. 24:4.

23.5

Un voto, el cual no debe hacerse a ninguna criatura sino solo a Dios, debe hacerse y cumplirse con todo cuidado religioso y fidelidad.8 Pero los votos monásticos papistas de una vida soltera perpetua,9 de profesión de pobreza10 y de obediencia a las reglas monásticas distan tanto de ser grados de una perfección superior, que en realidad son trampas supersticiosas y pecaminosas en las que ningún cristiano tiene permiso para enredarse.

8 Sal. 76:11. Gén. 28:20, 21, 22. | 9 1 Cor. 7:2, 9. | 10 Efe. 4:28. | 11 Mat. 19:11.



Capítulo 24: De las autoridades civiles

24.1

Dios, el supremo Señor y Rey de todo el mundo, ha constituido autoridades civiles para que estén subordinadas a Él, y estén sobre el pueblo para Su propia gloria y el bien público; con este fin los ha armado con el poder de la espada, para la defensa y estímulo de los que hacen el bien y para castigo de los que hacen el mal.1

1 Rom. 13:1-4.

24.2

Es lícito que los cristianos acepten y ejerzan el cargo de autoridad civil cuando sean llamados a ello; en cuya administración, deben preservar especialmente la justicia y la paz,2 conforme a las leyes que sean sanas de cada reino y Estado, entonces, con este fin, ahora bajo el Nuevo Testamento, pueden hacer la guerra lícitamente en ocasiones justas y necesarias.3

2 2 Sam. 23:3. Sal. 82:3, 4. | 3 Luc. 3:14.

24.3

Como las autoridades civiles son establecidas por Dios con los fines mencionados anteriormente, debemos sujetarnos en el Señor a todas las cosas lícitas que manden; no solo por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia;4 y debemos hacer rogativas y oraciones por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que bajo su gobierno podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad.5

4 Rom. 13:5, 6, 7. 1 Ped. 2:17. | 5 1 Tim. 2:1, 2.



Capítulo 25: Del matrimonio

25.1

El matrimonio debe ser entre un solo hombre y una sola mujer; no es lícito que hombre alguno tenga más de una esposa ni que mujer alguna tenga más de un esposo a la vez.11

1 Gén. 2:24. Mal. 2:15. Mat. 19:5, 6.

25.2

El matrimonio fue instituido para la ayuda mutua entre el esposo y la esposa,2 para la multiplicación del género humano con una descendencia legítima,3 y para la prevención de la impureza.4

2 Gén. 2:18. | 3 Gén. 1:28. | 4 1 Cor. 7:2, 9.

25.3

Es lícito que se casen toda clase de personas que, en su sano juicio, puedan dar su consentimiento;5 sin embargo, es el deber de los cristianos casarse en el Señor,6 y, por lo tanto, los que profesan la religión verdadera no deberían casarse con incrédulos ni con idólatras; ni deberían estar en yugo desigual los que son piadosos casándose con los que son malvados en sus vidas o sostienen herejías destructoras.7

5 Heb. 13:4. 1 Tim. 4:3. | 6 1 Cor. 7:39. | 7 Neh. 13:25-27.

25.4

El matrimonio no debe contraerse dentro de los grados de consanguinidad o afinidad prohibidos en la Palabra;8 ni puede ser legalizado jamás tal matrimonio incestuoso por ninguna ley humana ni por el consentimiento de las partes para que esas personas vivan juntas como marido y mujer.9

8 Lev. 18. | 9 Mar. 6:18. 1 Cor. 5:1.



Capítulo 26: De la Iglesia

26.1

La Iglesia católica o universal, que (con respecto a la obra interna del Espíritu y la verdad de la gracia) puede llamarse invisible, se compone del número completo de los elegidos que han sido, son o serán reunidos en uno bajo Cristo, su Cabeza; la Iglesia es la esposa, el cuerpo, la plenitud de Aquel que lo llena todo en todo.11

1 Heb. 12:23. Col. 1:18. Efe. 1:10, 22, 23; y 5:23, 27, 32.

26.2

Todos los que, en todo el mundo, profesan la fe del evangelio y obediencia a Dios por medio de Cristo, conforme al evangelio, que no destruyen su propia profesión mediante algún error que everta el fundamento o conductas contrarias a la santidad, son y pueden ser llamados santos visibles;2 de los tales deben estar constituidas todas las congregaciones locales.3

2 1 Cor. 1:2. Hch. 11:26. | 3 Rom. 1:7. Efe. 1:20-22.

26.3

Las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas a la impureza y al error,4 y algunas se han degenerado tanto que han llegado a ser no iglesias de Cristo sino sinagogas de Satanás;5 sin embargo, Cristo siempre ha tenido y siempre tendrá un Reino en este mundo, hasta el fin del mundo, compuesto de aquellos que creen en Él y profesan Su nombre.6

4 1 Cor. 15. Apo. 2; y cap. 3. | 5 Apo. 18:2. 2 Tes. 2:11, 12. | 6 Mat. 16:18. Sal. 72:17; y Sal. 102:28. Apo. 12:17.

26.4

La Cabeza de la iglesia es el Señor Jesucristo, quien --por el designio del Padre-- está investido de una manera suprema y soberana con toda autoridad para el llamamiento, establecimiento, orden o gobierno de la iglesia.7 No puede el Papa de Roma ser cabeza de esta en ningún sentido, sino que él es aquel anticristo, aquel hombre de pecado e hijo de perdición, que se exalta en la iglesia contra Cristo y contra todo lo que se llama Dios, a quien el Señor destruirá con el resplandor de Su Venida.8

7 Col. 1:18. Mat. 28:18-20. Efe. 4:11, 12. | 8 2 Tes. 2:3-9.

26.5

En el ejercicio de esta autoridad que le ha sido confiada, el Señor Jesús, a través del ministerio de Su Palabra y por Su Espíritu, llama a Sí mismo del mundo a aquellos que le han sido dados por Su Padre,9 para que anden delante de Él en todos los caminos de la obediencia que Él les prescribe en Su Palabra.10 A los así llamados, les ordena andar juntos en sociedades locales, o iglesias, para su edificación mutua y la debida observancia de la adoración pública que Él demanda de ellos en el mundo.11

9 Jua. 10:16; 12:32. | 10 Mat. 28:20. | 11 Mat. 18:15-20.

26.6

Los miembros de estas iglesias son santos por su llamamiento, y en una forma visible manifiestan y evidencian (en y mediante su profesión de fe y su conducta) su obediencia a ese llamamiento de Cristo;12 y voluntariamente acuerdan andar juntos, conforme al designio de Cristo, dándose a sí mismos al Señor y mutuamente, por la voluntad de Dios, en profesada sujeción a las ordenanzas del evangelio.13

12 Rom. 1:7. 1 Cor. 1:2. | 13 Hch. 2:41, 42; 5:13, 14. 2 Cor. 9:13.

26.7

A cada una de estas iglesias así reunidas, conforme a Su voluntad declarada en Su Palabra, el Señor Jesús ha dado todo el poder y autoridad en cualquier sentido necesario para llevar adelante ese orden en la adoración y la disciplina que Él ha instituido para que lo guarden, con mandatos y reglas, para el debido y correcto ejercicio y ejecución de ese poder.

14 Mat. 18:17, 18. 1 Cor. 5:4, 5 con el v. 13. 2 Cor. 2:6-8.

26.8

Una iglesia local, reunida y completamente organizada conforme a la voluntad de Cristo, está compuesta por oficiales y miembros; los oficiales designados por Cristo que deben ser escogidos y apartados por la iglesia (así llamada y reunida), para que la particular administración de las ordenanzas y la ejecución del poder o el deber --que Él les confía o a los cuales los llama-- continúen hasta el fin del mundo, son los obispos o ancianos, y los diáconos.1515

15 Hch. 20:17 con el v. 28. Fil. 1:1.

26.9

La manera designada por Cristo para el llamamiento de cualquier persona que ha sido cualificada y dotada por el Espíritu Santo para el oficio de obispo o anciano en una iglesia es que sea escogido para ello mediante la votación ordinaria de la iglesia misma,16 y que sea solemnemente apartado mediante ayuno y oración con la imposición de manos de los ancianos de la iglesia, si es que hay algún otro anciano constituido anteriormente en esta;17 y para el oficio de diácono, que sea escogido mediante el mismo tipo de votación y sea apartado mediante oración y el mismo tipo de imposición de manos.18

16 Hch. 14:23 ¾Véase en su idioma original. | 17 1 Tim. 4:14. | 18 Hch. 6:3, 5, 6.

26.10

Siendo la labor de los pastores atender constantemente al servicio de Cristo, en Sus iglesias, en el ministerio de la Palabra y la oración, velando por sus almas como aquellos que han de dar cuenta a Él,19 es la responsabilidad de las iglesias a las que ellos ministran darles no solamente todo el respeto debido, sino también compartir con ellos todas sus cosas buenas, según sus posibilidades,20 para que así los pastores puedan tener una provisión confortable sin tener que enredarse en negocios seculares,21 y también puedan practicar la hospitalidad para con los demás.22 Además, esto lo demandan la ley de la naturaleza y el mandato expreso de nuestro Señor Jesús, quien ha ordenado que los que predican el evangelio, vivan del evangelio.23

19 Hch. 6:4. Heb. 13:17. | 20 1 Tim. 5:17, 18. Gál. 6:6, 7. | 21 2 Tim. 2:4. | 22 1 Tim. 3:2. | 23 1 Cor. 9:6-14.

26.11

Aunque sea la responsabilidad de los obispos o pastores de las iglesias, según su oficio, estar constantemente dedicados a la predicación de la Palabra, aun así, la labor de predicar la Palabra no está tan particularmente limitada a ellos, sino que otros también dotados y cualificados por el Espíritu Santo para ello, y aprobados y llamados por la iglesia, pueden y deben desempeñar esta labor.2424

24 Hch. 11:19-21. 1 Ped. 4:10, 11.

26.12

Así como todos los creyentes están obligados a unirse a iglesias locales cuando y donde tengan la oportunidad de hacerlo, todos aquellos que son admitidos a los privilegios de una iglesia también están sujetos a la disciplina y al gobierno de la misma, conforme a la ley de Cristo.2525

25 1 Tes. 5:14. 2 Tes 3:6, 14, 15.

26.13

Ningún miembro de iglesia, por causa de alguna ofensa recibida, habiendo cumplido el deber requerido de él hacia la persona con la que está ofendido, debe perturbar el orden de la iglesia en ningún sentido, ni ausentarse de las reuniones de la iglesia, ni de la administración de ninguna de las ordenanzas, por cuenta de tal ofensa de cualquier otro miembro, sino que debe esperar en Cristo, en lo que avanzan los procedimientos de la iglesia.2626

26 Mat. 18:15-17. Efe. 4:2, 3.

26.14

Como cada iglesia y todos sus miembros están obligados a orar continuamente por el bien y la prosperidad de todas las iglesias de Cristo en todos los lugares,27 y ya que en todas las ocasiones están obligados a promoverlo (cada cual dentro de los límites de sus puestos y vocaciones, en el ejercicio de sus dones y virtudes), entonces, las iglesias (cuando sean plantadas por la providencia de Dios, de modo que puedan gozar de la oportunidad para, y el beneficio de, ello) deben tener comunión entre sí, para su paz, crecimiento en amor y edificación mutua.2828

27 Efe. 6:18. Sal. 122:6. | 28 Rom. 16:1, 2. 3 Jua. 8-10.

26.15

En casos de dificultades o diferencias, ya sea en cuanto a la doctrina o el gobierno de la iglesia, en que las iglesias en general o cualquier iglesia en particular estén preocupadas por su paz, unión y edificación, o en que uno o varios miembros de cualquier iglesia sean dañados en o por cualquier procedimiento disciplinario que no esté en consonancia con la verdad y el orden, es conforme a la voluntad de Cristo que muchas iglesias que estén teniendo comunión entre sí se reúnan por medio de sus mensajeros para considerar y dar su consejo sobre el asunto en disputa, para informar a todas las iglesias involucradas.29 Sin embargo, a estos mensajeros reunidos en asamblea no se les confía ningún poder eclesiástico propiamente dicho ni jurisdicción alguna sobre las iglesias mismas para ejercer disciplina sobre alguna de estas o sus miembros, ni para imponer su determinación sobre estas o sus oficiales.30

29 Hch. 15:2, 4, 6; y 22:23, 25. | 30 2 Cor. 1:24. 1 Jua. 4:1.



Capítulo 27: De la comunión de los santos

27.1

Todos los santos que están unidos a Jesucristo, su Cabeza, por Su Espíritu y por la fe, aunque por ello no sean hechos una misma persona con Él, tienen comunión en Sus virtudes, padecimientos, muerte, resurrección y gloria;1 y al estar unidos unos a otros en amor, tienen comunión en los dones y virtudes de los unos y de los otros,2 y están obligados al cumplimiento de manera ordenada de los deberes públicos y privados que conducen a su bien mutuo, tanto en el hombre interior como en el exterior.3

1 1 Jua. 1:3. Jua. 1:16. Fil. 3:10. Rom. 6:5, 6. | 2 Efe. 4:15, 16. 1 Cor. 12:7. 1 Cor. 3:21-23. | 3 1 Tes. 5:11, 14. Rom. 1:12. 1 Jua. 3:17, 18. Gál. 6:10.

27.2

Los santos, por su profesión, están obligados a mantener entre sí un compañerismo y comunión santos en la adoración a Dios y en la realización de los otros servicios espirituales que tiendan a su edificación mutua;4 así como en ayudarse los unos a los otros en las cosas externas, según sus distintas posibilidades y necesidades.5 Aunque, conforme a la regla del evangelio, dicha comunión deba ser ejercida por ellos especialmente en las relaciones en que se encuentren, ya sea en las familias6 o en las iglesias,7 aun así ¾según Dios dé la oportunidad¾ debe extenderse a toda la familia de la fe, es decir, a todos los que en cualquier parte invocan el nombre del Señor Jesús. No obstante, su comunión mutua como santos no quita ni infringe el derecho o la propiedad que cada hombre tiene sobre sus bienes y posesiones.8

4 Heb. 10:24, 25; con 3:12, 13. | 5 Hch. 12:29, 30. | 6 Efe. 6:4. | 7 1 Cor. 12:14-27. | 8 Hch. 5:4. Efe. 4:28.



Capítulo 28: Del bautismo y la Cena del Señor

28.1

El bautismo y la Cena del Señor son ordenanzas que han sido instituidas positiva y soberanamente; establecidas por el Señor Jesús, el único Legislador, para que continuaran siendo observadas en Su Iglesia hasta el fin del mundo.1

1 Mat. 28:19, 20. 1 Cor. 11:26.

28.2

Estas santas instituciones deben ser administradas solo por aquellos que estén cualificados para ello y sean llamados a administrarlas, conforme a la comisión de Cristo.22

2 Mat. 28:19. 1 Cor. 4:1.



Capítulo 29: Del bautismo

29.1

El bautismo es una ordenanza del Nuevo Testamento, instituida por Jesucristo, a fin de que sea para el bautizado una señal de su comunión con Él en Su muerte y resurrección,1 una señal de estar injertado en Él, del perdón de pecados,2 y de darse a sí mismo a Dios por medio de Jesucristo para vivir y andar en novedad de vida.3

1 Rom. 6:3-5. Col. 2:12. Gál. 3:27. | 2 Mar. 1:4. Hch. 26:16. | 3 Rom. 6:2, 4.

29.2

Aquellos que realmente profesan arrepentimiento para con Dios, fe en nuestro Señor Jesús y obediencia a Él son los únicos sujetos adecuados de esta ordenanza.44

4 Mar. 16:16. Hch. 8:36, 37.

29.3

El elemento externo que debe ser usado en esta ordenanza es el agua, en la cual debe ser bautizada la persona en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.55

5 Mat. 28:19, 20 con Hch. 8:38.

29.4

La inmersión o sumersión de la persona en el agua es necesaria para la correcta administración de esta ordenanza.66

6 Mat. 3:16. Jua. 3:23.



Capítulo 30: De la Cena del Señor

30.1

La Cena del Señor Jesús fue instituida por Él la misma noche en que fue entregado, para que sea observada en Sus iglesias hasta el fin del mundo, para que se haga memoria perpetua y se proclame el sacrificio de Sí mismo en Su muerte,1 para confirmación de la fe de los creyentes en todos los beneficios de esta, para su alimentación espiritual y crecimiento en Él, para un mayor compromiso de ellos en --y con-- todos los deberes que deben a Él; y para que sea un vínculo y una prenda de la comunión de ellos con Él y entre ellos mutuamente.2

1 1 Cor. 11:23-26. | 2 1 Cor. 10:16, 17, 21.

30.2

En esta ordenanza, Cristo no es ofrecido a Su Padre ni se hace en absoluto ningún sacrificio real para el perdón de pecados ni de los vivos ni de los muertos, sino que es solo un memorial de aquel único ofrecimiento de Sí mismo, que Él mismo hizo en la cruz, una vez para siempre;3 y es una ofrenda espiritual de toda alabanza posible a Dios por ello;4 de modo que el sacrificio papista de la misa ¾como lo llaman¾ es de lo más abominable e injurioso para el propio y único sacrificio de Cristo, la única propiciación por todos los pecados de los elegidos.

3 Heb. 9:25, 26, 28. | 4 1 Cor. 11:24. Mat. 26:26, 27.

30.3

En esta ordenanza, el Señor Jesús ha instituido que sus ministros oren y bendigan los elementos --el pan y el vino-- y los aparten así del uso común para un uso santo, y que tomen y partan el pan, tomen la copa, y (comulgando ellos mismos también) den ambos elementos a los comulgantes.55

5 1 Cor. 11:23-26, etc.

30.4

Negar la copa al pueblo de Dios, adorar los elementos, levantarlos, o llevarlos de un lugar a otro para que sean adorados, y reservarlos para cualquier uso supuestamente religioso son todos usos contrarios a la naturaleza de esta ordenanza y la institución de Cristo

6 Mat 26:26-28. Mat. 15:9. Éxo. 20:4, 5.

30.5

Los elementos externos de esta ordenanza, debidamente apartados para los usos instituidos por Cristo, están tan relacionados con Él crucificado que a veces son llamados verdaderamente --aunque con términos usados figuradamente-- por el nombre de las cosas que estos representan, a saber: el cuerpo y la sangre de Cristo;7 no obstante, en cuanto a su sustancia y naturaleza, los elementos siguen siendo verdadera y solamente pan y vino, como lo eran antes.8

7 1 Cor. 11:27. | 8 1 Cor. 11:26 y el v. 28.

30.6

La doctrina que sostiene un cambio de sustancia del pan y del vino en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo (llamada comúnmente transubstanciación) por la consagración de un sacerdote, o de cualquier otra forma, es repugnante no solo para la Escritura,9 sino incluso para el sentido común y la razón; trastorna la naturaleza de la ordenanza; y ha sido --y es-- la causa de múltiples supersticiones, y hasta de idolatrías groseras.10

9 Hch. 3:21. Luc. 24:6 y el v. 39. | 10 1 Cor. 11:24, 25.

30.7

Los que reciben dignamente esta ordenanza, participando externamente de los elementos visibles en esta, también reciben y se alimentan entonces ¾internamente, por la fe, de una manera real y verdadera, aunque no carnal ni corporal, sino espiritualmente¾ de Cristo crucificado y de todos los beneficios de Su muerte; el cuerpo y la sangre de Cristo estando entonces ¾no corporal ni carnal, sino espiritualmente¾ presentes en esa ordenanza, para la fe de los creyentes, así como los elementos mismos lo están para sus sentidos externos.11

11 1 Cor. 10:16; 11:23-26.

30.8

Todos los ignorantes e impíos, como no son aptos para gozar de la comunión con Cristo, son ¾por tanto¾ indignos de la Mesa del Señor, y --mientras permanezcan como tales-- no pueden participar de estos santos misterios ni pueden ser admitidos en estos sin que esto sea un gran pecado contra Él;12 es más, todo aquel que reciba estos misterios indignamente es culpable del cuerpo y de la sangre del Señor, pues come y bebe juicio para sí. 13

12 2 Cor. 6:14, 15. | 13 1 Cor. 11:29. Mat. 7:6.



Capítulo 31: Del estado del hombre después de la muerte y de la resurrección de los muertos

31.1

Los cuerpos de los hombres vuelven al polvo después de la muerte y ven corrupción,1 pero sus almas (que no mueren ni duermen), teniendo una subsistencia inmortal, vuelven inmediatamente a Dios que las dio;2 entonces las almas de los justos son hechas perfectas en santidad, son recibidas en el Paraíso, donde están con Cristo y contemplan el rostro de Dios en luz y gloria, aguardando la plena redención de sus cuerpos;3 y las almas de los malvados son arrojadas al infierno, donde permanecen en tormento y total oscuridad, reservadas para el Juicio del gran Día;4 aparte de estos dos lugares para las almas separadas de sus cuerpos, la Escritura no reconoce ningún otro.

1 Gén. 3:19. Hch. 13:36. | 2 Ecl. 12:7. | 3 Luc. 23:43. 2 Cor. 5:1, 6, 8. Fil. 1:23. Heb. 12:23. | 4 Jud. 6, 7. 1 Ped. 3:19. Luc. 16:23, 24.

31.2

En el último día, los santos que se encuentren vivos no dormirán, sino que serán transformados;5 y todos los muertos serán resucitados con sus mismos cuerpos, y no con otros cuerpos; 6 aunque con diferentes cualidades, estos serán unidos otra vez a sus almas para siempre.7

5 1 Cor. 15:51, 52. 1 Tes. 4:17. | 6 Job 19:26, 27. | 7 1 Cor. 15:42, 43.

31.3

Los cuerpos de los injustos, por el poder de Cristo, serán resucitados para deshonra; los cuerpos de los justos, por Su Espíritu, serán resucitados para honra, y serán hechos en conformidad al propio cuerpo glorioso de Cristo.8

8 Hch. 24:15. Jua. 5:28, 29. Fil. 3:21.



Capítulo 32: Del Juicio final

32.1

Dios ha establecido un Día en el cual juzgará al mundo en justicia, por medio de Jesucristo,1 a quien el Padre ha dado todo poder y juicio; Día en el cual no solo serán juzgados los ángeles apóstatas, sino que también todas las personas que han vivido sobre la Tierra comparecerán ante el tribunal de Cristo,2 para dar cuenta de sus pensamientos, palabras y obras, y para ser recompensados de acuerdo con lo que hayan hecho estando en el cuerpo, sea bueno o sea malo.3

1 Hch. 17:31. Jua. 5:22, 27. | 2 1 Cor. 6:3. Jud. 6. | 3 2 Cor. 5:10. Ecl. 12:14. Mat. 12:36. Rom. 14:10, 12. Mat. 25:32, etc.

32.2

El fin para el cual Dios estableció este Día es la manifestación de la gloria de Su misericordia en la salvación eterna de los elegidos, y la manifestación de Su justicia en la condenación eterna de los réprobos, quienes son malvados y desobedientes;4 porque entonces irán los justos a la vida eterna, y recibirán esa plenitud de gozo y gloria con recompensa eterna en la presencia del Señor;5 pero los malvados, quienes no conocen a Dios ni obedecen el evangelio de Jesucristo, serán arrojados a los tormentos eternos y sufrirán el castigo de eterna destrucción, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de Su poder.6

4 Rom. 9:22, 23. | 5 Mat. 25:21, 34. 2 Tim. 4:8. | 6 Mat. 25:46. Mar. 9:48. 2 Tes. 1:7-10.

32.3

Así como Cristo quiere que estemos ciertamente persuadidos de que habrá un Día de juicio, tanto para disuadir a todos los hombres de pecar,7 como para la mayor consolación de los piadosos en su adversidad,8 también quiere que los hombres no sepan cuándo será ese Día, para que se desprendan de toda seguridad carnal y estén siempre velando, porque no saben a qué hora llegará el Señor,9 y estén siempre preparados para decir: ¾Ven Señor Jesús, ven pronto. Amén.10

7 2 Cor. 5:10, 11. | 8 2 Tes. 1:5-7. | 9 Mar. 13:35-37. Luc. 13:35, 36. | 10 Apo. 22:20.



Volver a Inicio